Desde hace sesenta años paga, religiosamente, su seguro de vida.
Entonces se imaginó que era buena idea pagar a plazos un trocito de muerte cada día. Ahora ya se dio cuenta de que, con todo lo que ha pagado, se hubiese podido comprar cien ataúdes, y haber muerto como se mueren los millonarios, con pompa y boato.
Aunque se siente estafada, no tiene a quien echarle la culpa.
Y lo peor es que aún no se ha muerto, pueden pasar veinte años. Echa las cuentas, otros cinco ataúdes.
Ella, que nació y vivió en la aldea, quisiera morir de otra manera, sin el traje de madera, abrazada por la tierra que le hizo ser. Sin pagar por transitar hacia un ocaso que, a lo mejor, no es tal.
Mira otra vez el recibo.
No es de vida, es un seguro de muerte.
Aunque se siente estafada, no tiene a quien echarle la culpa.
Y lo peor es que aún no se ha muerto, pueden pasar veinte años. Echa las cuentas, otros cinco ataúdes.
Ella, que nació y vivió en la aldea, quisiera morir de otra manera, sin el traje de madera, abrazada por la tierra que le hizo ser. Sin pagar por transitar hacia un ocaso que, a lo mejor, no es tal.
Mira otra vez el recibo.
No es de vida, es un seguro de muerte.

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