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martes, 26 de diciembre de 2017

EL DON

Ángel Prado supo muy pronto que tenía un don. 
Con sólo cinco años se dio cuenta de que podía realizar sus sueños. Bueno, no esos sueños salvajes e irreales que tenemos durmiendo, sino esos otros que se crean en la imaginación, en plena vigilia, sueños posibles. 
Allí, tumbado en la cama, imagina con todo lujo de detalles lo que quiere materializar. 
Cuando son cosas sencillas es fácil. Quiero un abrigo verde, con cremallera y capucha. Y al día siguiente, su madre le trae ese abrigo verde que había imaginado. Quiero un amigo, y al poco aparece.
Pronto se acostumbró. 
Cuánto mejor y con más detalles imagina su sueño, con más precisión se realiza. 
Con veinte años era un experto. El mejor trabajo con el mejor sueldo, los viajes, los objetos. Pero llega un día en que eso no es bastante. Él puede imaginar cualquier cosa. Y ¿por qué no un mundo perfecto? El problema es evidente, imaginar eso es demasiado grande, con demasiados detalles. Imaginar eso es muy complicado, muchos frentes abiertos. Lograr una coherencia global, una evolución que tenga sentido, imaginar lo social, los anhelos colectivos, la felicidad. Ángel Prado tiene una tarea. 
Se echa en la cama y cierra los ojos.

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