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miércoles, 20 de diciembre de 2017

FÉLIX

Félix iba a la escuela conmigo, años sesenta. 
Tenía dos años menos que yo, y además vivía en otro barrio, por lo que apenas éramos amigos. Pero aquello cambió. Un día no vino a clase. Luego nos enteramos de que estaba ingresado en el hospital de Albacete, y que tenía una cosa mala en la sangre que la convertía en agua poco a poco. Una especie de milagro raro. 
Pasó allí muchísimo tiempo, por lo menos un mes, y un día volvió. 
Por la tarde fui a su casa a verlo. Estaba acostado, y tenía la cara muy gorda y blanca. 
Casi no hablaba, pero me enseñó una caja grande de cartón llena de tebeos. ¡Madre mía!, había más de cien. 
Han pasado cincuenta años, pero me veo allí, sentado en el suelo, devorando dibujos, historias... Ahora me doy cuenta de que las verdaderas historias estaban en nosotros, dentro de nosotros y fuera del papel. 
Una mañana llegó un hombre al colegio, me llamó y me dijo que Félix se había muerto. 
Lo primero que pensé fue que ya no podría ir a su casa para emborracharme con sus tebeos. Por la tarde, en la iglesia, sonaron las campanas, lentas y largas.

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