Vistas de página en total

lunes, 18 de diciembre de 2017

GUILLERMO

Parece mentira, pero ya son veinte años los que Guillermo lleva con nosotras. Y tres desde lo de su enfermedad. 
Llegó un día al convento ofreciendo sus servicios. 
¿Qué sabe usted hacer? Le preguntó la madre superiora. 
De todo un poco, contestó él. 
Nos arreglaba el jardín, las cañerías rotas, oxidadas y olvidadas, las puertas que no se querían abrir, la campana que ya no sonaba.  
Todas las hermanas le querían mucho, todas, pero yo... 
Inmediatamente me ofrecí a ser la que le cuidase. La madre superiora no puso objeción, aunque yo sé de sobra que ella... 
Hoy fue día de visita. Gabriel se presentó, como cada semana, haciendo gala de su insultante alegría. Repartió besos y abrazos dejándonos borrachas de alegría. Hablamos de sus cosas y de las mías. No me soltó de la mano ni un solo segundo, ni apartó sus ojos de los míos ni por un instante. 
Y como cada semana, antes de irse pasó por la habitación de Guillermo. Los dejé solos mientras le preparaba tres rosas, las más bonitas de nuestro jardín, para que las pusiera en su casa. 
La madre superiora me observaba, como todas las semanas, desde su ventana. 
Cuando nos despedimos en la puerta, me recordó que pronto sería su cumpleaños. No hacía falta, yo lo sabía de sobra. 
Al cerrar la puerta tras él, me invadió, como siempre, una tristeza alegre. 
Entonces me fui a la habitación de Guillermo. 
Entré y cerré la puerta con llave.

No hay comentarios:

Publicar un comentario