Cuando Alfredo de la Mata salía de su casa para ir al trabajo, fue abordado por un ente. Le pidió amablemente que le siguiera, pero no le hizo caso, por lo que el ente tuvo que usar el segundo método.
En ese instante se disiparon, apareciendo de súbito en el edificio que el señor Alfredo tenía reservado para alojar la totalidad de las palabras emitidas a lo largo de toda su vida.
El ente le invitó a abrir la puerta. Como el señor Alfredo se negó, tuvo que usar el segundo método.
Y así fue que el señor Alfredo se encontró, como en un sueño, enfrente de sus palabras. Las había de toda forma, tamaño, color y textura. Además, se clasificaban automáticamente según el deseo del señor Alfredo: por orden de antigüedad, por orden de intención, por orden de utilidad, por orden de significado, por orden de banalidad..., y así.
El ente le sugirió un orden nuevo, por su color.
Algo debió temer el señor Alfredo que se negó, por lo cual, el ente hubo de usar el segundo método.
Y ahí, el señor Alfredo no tuvo opción. De inmediato, las palabras quedaron clasificadas por su color. Debo decir que no eran de colores netos, sino más bien de infinidad de gradaciones. Pero, vamos, que quedaba bien claro el porqué se formaban los montones. El cuarenta por ciento de sus palabras eran negras (permítanme la simplificación). El veinte por ciento, rojas. El diez por ciento, grises. Otro diez por ciento, grises. El cinco, verdes. Otro cinco, azules. Otro cinco, indefinidos colores pastel. Y el resto, tan sólo el resto, blancas y amarillas.
Visto el resultado, el ente, visiblemente decepcionado, le contó lo que había que hacer, a lo que el señor Alfredo se negó en redondo, por lo que el ente tuvo que usar el segundo método.
En ese instante se disiparon, apareciendo de súbito en el edificio que el señor Alfredo tenía reservado para alojar la totalidad de las palabras emitidas a lo largo de toda su vida.
El ente le invitó a abrir la puerta. Como el señor Alfredo se negó, tuvo que usar el segundo método.
Y así fue que el señor Alfredo se encontró, como en un sueño, enfrente de sus palabras. Las había de toda forma, tamaño, color y textura. Además, se clasificaban automáticamente según el deseo del señor Alfredo: por orden de antigüedad, por orden de intención, por orden de utilidad, por orden de significado, por orden de banalidad..., y así.
El ente le sugirió un orden nuevo, por su color.
Algo debió temer el señor Alfredo que se negó, por lo cual, el ente hubo de usar el segundo método.
Y ahí, el señor Alfredo no tuvo opción. De inmediato, las palabras quedaron clasificadas por su color. Debo decir que no eran de colores netos, sino más bien de infinidad de gradaciones. Pero, vamos, que quedaba bien claro el porqué se formaban los montones. El cuarenta por ciento de sus palabras eran negras (permítanme la simplificación). El veinte por ciento, rojas. El diez por ciento, grises. Otro diez por ciento, grises. El cinco, verdes. Otro cinco, azules. Otro cinco, indefinidos colores pastel. Y el resto, tan sólo el resto, blancas y amarillas.

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