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lunes, 18 de diciembre de 2017

BENDITA DEPRESIÓN

Que estábamos ya muy viejos, lo sabía. Que se iba a morir, también. Él antes que yo, claro, que para eso me sacaba casi veinte años. Y porque últimamente ya se sabía. Aquellas toses... 
Pero lo que no sabía era que yo me iba a coger esta depresión. Y mucho menos lo que pasó después. 
Perdí las ganas de vivir y no me podía menear del sofá, mientras la tele me escupía en la cara durante ocho horas al día. Claro, eso no hay dios que lo resista. 
El médico apenas tuvo que esforzarse para ponerme en el montón de los recetados sin duda. Y aquí estoy, con las pastillas esas, los antidepresivos. 
Menos mal, porque resulta que, además de ponerme más contenta que unas castañuelas, me entran unos sofocos uterinos que me quedo exhausta. 
Dios mío, nunca hubiese sospechado que podía una tener tanto gusto así, sola, sentada en el sillón. 
Y ahora, con la tele apagada.

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