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lunes, 18 de diciembre de 2017

HERMANA REMEDIOS

Todo esto ocurre en los precisos momentos en los que nuestra vida, nuestra misión, comienza a desdibujarse de forma tan acelerada. 
La veo perfectamente. Ella llega con esa sonrisa cautivadora. Y es con esa sonrisa plena que habla, a falta de tener su propia voz; es muda de nacimiento. Quizás también por eso, por no poder usar la voz, se comunica de esa forma con los ojos, con su bella mirada. 
Enseguida se hace cargo del huerto, transformándolo en un pequeño paraíso. Tomates y pepinos, flores de exultantes colores, hierbas aromáticas y medicinales... ¡Qué maravilla! 
Todas las hermanas estamos agitadas, yendo y viniendo por todo el convento, transfiguradas, arrobadas y al borde del éxtasis. Y no hablamos de otra cosa. Se diría que trasforma la misma realidad con su leve toque. 
Es curioso que ella nunca pide nada. Tampoco trata de hacerse entender, de comunicar. Ella mira, sonríe, siembra. 
La madre superiora, siempre tan hueso, ahora tararea. 
Yo he tomado la costumbre de acompañarla en el huerto, y ella me enseña cosas. 
Ha pasado un año ya, y está felicidad no tiene pinta de terminar. Hoy me enseñó a preparar una receta, una bebida cuya elaboración requiere un cuidado exquisito; recogida de materias primas, secado, triturado, macerado, agitado y reposado. Me ha indicado que lo use según sus instrucciones. Unas gotitas disueltas en cinco litros de limonada, y que cada hermana debe tomar un vasito los domingos por la mañana, en el desayuno. Así, a pesar de que la han cambiado de destino, nadie la echará en falta. 
La alegría no, hermana Remedios, que ya la tenemos, pero tu mirada...

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