El escritor quiere cerrar su larga trayectoria con un relato breve, intenso y elegante; un relatín.
Lleva algunos días mirando el folio en blanco a través de sus ojos cansados.
No encuentra las palabras precisas, el motivo perfecto, la síntesis magistral que haga justicia a sus propósitos, a su intención.
Pero lo necesita. Quiere obtener el perfecto resumen de lo que vivió, sintió y soñó a lo largo de su vida.
Y no fluye.
Le embarga una seguridad, que las palabras son como la paja, ligeras y vacías, carentes de la sustancia que da sentido a la vida.
Y empieza a desear que no vengan, serán inútiles y no servirán.
Sin sentir entra en duermevela.
Sueña con los millones de palabras escritas a lo largo de su vida; revolotean delante de sus ojos, y se esfuman como bandadas de golondrinas enloquecidas.
Al volver en sí, en el centro de la hoja inmaculada, encuentra una gota de sangre.
Pero lo necesita. Quiere obtener el perfecto resumen de lo que vivió, sintió y soñó a lo largo de su vida.
Y no fluye.
Le embarga una seguridad, que las palabras son como la paja, ligeras y vacías, carentes de la sustancia que da sentido a la vida.
Y empieza a desear que no vengan, serán inútiles y no servirán.
Sin sentir entra en duermevela.
Sueña con los millones de palabras escritas a lo largo de su vida; revolotean delante de sus ojos, y se esfuman como bandadas de golondrinas enloquecidas.
Al volver en sí, en el centro de la hoja inmaculada, encuentra una gota de sangre.

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