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lunes, 18 de diciembre de 2017

POBRE DIABLO

No sé quién le pasó mi teléfono, pero ahora estaba delante de mí, mostrándome sus composiciones. 
Yo pasaba de un tema a otro esperando encontrar dónde estaba la broma de todo aquello. No la encontraba. 
El pobre diablo no dejaba de mirarme, esperaba de mí un gesto de interés por la música que me estaba ofreciendo. Interés. Hubiese matado por ser yo el creador de aquella música poderosa, extraña, brillante y arrebatadora. Pero era suya. El tipo, andrajoso y desdentado, tenía música suficiente como para mantener una carrera viva durante cincuenta años. Y con pasaporte a la historia. Por lo menos. Y yo, con los nudillos gastados de aporrear puertas que nunca se abrieron. Mejor así, mis composiciones no eran malas, pero no eran buenas. 
Cincuenta mil euros. Barato. 
El problema era, sin duda, de conciencia. Tenía que decidir ahora mismo qué era peor, vivir amargado por no tener talento o vivir amargado por pasar al bando de la gloria de forma fraudulenta. 
Le firmé el cheque y se fue sonriendo. Pobre diablo, pensé en aquel momento. 
Fue tan sólo al publicar los primeros temas que me llegó la citación por plagio. Y luego, la vergüenza pública al aflorar toda la historia. 
La última vez que vi al pobre diablo, iba vestido de dandi, la mirada profunda y serena. 
Y la dentadura, impecable.

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