-El rey despierta de su sueño. El día despierta magnífico.
Hace días que lo sabe, pero nadie le preparó para recibir el golpe.
Se incorpora a velocidad de minutero, cansado y confuso. Mira su vieja corona, gastada y sin sentido, que luce su tristeza en la mesilla de noche. Ya no se la pone, no le hace falta.
Tampoco se viste como antes, no vienen los ayudas de cámara. Con una camiseta de manga corta y unos pantalones vaqueros tiene bastante.
Sale de la habitación sabiendo que es su último día en el castillo. Apenas queda gente, ni alimentos, ni sentido. Los caballeros se fueron, los peones murieron, los caballos enloquecieron, los alfiles transmigraron, las torres cayeron, la reina... La reina está en paradero desconocido. Deambula por la fortaleza girando la cabeza en todos los sentidos, sintiendo que la desolación es tan grande fuera como dentro.
Al llegar a la puerta de salida, no puede evitar las lágrimas. Se sorprende porque aún quedan, pero las deja salir sin sujetarlas. Quisiera ser una de ellas para diluirse en la inmensidad de la nada.
Cuando lleva un trecho andado, se gira para echar un último vistazo. Allí, a lo lejos, queda lo que fue su vida; la falsa gloria, el falso poder y la mentira. Y el autoengaño.
Frente a él, un espacio inmenso lleno de incógnitas, caminos sencillos, tan lejos de las conspiraciones palaciegas.
Frente a él, la incertidumbre, tan lejos de las estructuras complejas y de intereses ajenos.
Una nueva vida fuera del tablero.
Ahora sólo, sin consejeros.
Hace días que lo sabe, pero nadie le preparó para recibir el golpe.
Se incorpora a velocidad de minutero, cansado y confuso. Mira su vieja corona, gastada y sin sentido, que luce su tristeza en la mesilla de noche. Ya no se la pone, no le hace falta.
Tampoco se viste como antes, no vienen los ayudas de cámara. Con una camiseta de manga corta y unos pantalones vaqueros tiene bastante.
Sale de la habitación sabiendo que es su último día en el castillo. Apenas queda gente, ni alimentos, ni sentido. Los caballeros se fueron, los peones murieron, los caballos enloquecieron, los alfiles transmigraron, las torres cayeron, la reina... La reina está en paradero desconocido. Deambula por la fortaleza girando la cabeza en todos los sentidos, sintiendo que la desolación es tan grande fuera como dentro.
Al llegar a la puerta de salida, no puede evitar las lágrimas. Se sorprende porque aún quedan, pero las deja salir sin sujetarlas. Quisiera ser una de ellas para diluirse en la inmensidad de la nada.
Cuando lleva un trecho andado, se gira para echar un último vistazo. Allí, a lo lejos, queda lo que fue su vida; la falsa gloria, el falso poder y la mentira. Y el autoengaño.
Frente a él, un espacio inmenso lleno de incógnitas, caminos sencillos, tan lejos de las conspiraciones palaciegas.
Frente a él, la incertidumbre, tan lejos de las estructuras complejas y de intereses ajenos.
Una nueva vida fuera del tablero.
Ahora sólo, sin consejeros.

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