Llego tarde, llego tarde.
Miro otra vez el reloj, las once y once. Me apresuro. La gente camina lentamente, apenas miran, están en la mente y sus problemas.
El taxista no me ve, maldigo mi mala suerte, tropiezo con la señora y casi se cae. Al cogerla del brazo me aparta la mano. Yo también me aparto de su pequeña furia apenas contenida. Y sigo con mi paso ligero.
En el reloj siguen siendo las once y once, siempre las once y once.
Me falta el aire pero sigo esquivando a la gente que me entorpece el paso.
Tengo prisa por llegar a donde me están esperando.
Estoy sudando y dudando si llegaré el destino que ando buscando.
Mi casa queda tan lejos que apenas la recuerdo.
Me pregunto si habrá alguien esperando. He de llegar, me estoy cansando.
Tropiezo y voy dando traspiés, pero ya no me entretengo en reparaciones o cortesías. Soy yo contra el mundo y la vida. Y la vida se me está acabando.
Tengo prisa. Miro el reloj. Son las once y once, y ya entiendo que no llegaré nunca.
Me he perdido en el atajo.

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