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lunes, 11 de diciembre de 2017

BELLA HASTA DECIR, ¡BASTA|

Al cerrar los ojos aparece en mi recuerdo tal y como era; joven, hermosa, los ojos más grandes que la cara y unas ganas de diversión que no conocía límites ni fronteras. 
Sus amigos nos repartíamos en tres grupos: los que nos caía super bien, los que la querían de verdad y los que caían rendidos a sus pies. Y ella se dejaba querer. Estaba donde había fiesta. Había fiesta donde ella estaba. Era fácil encontrarla, tan sólo había que seguir la huella que dejaba su sonrisa en el suelo, como si fuese el rastro plateado de un caracol. 
En aquel tiempo, los que manejaban edades que entraban en la veintena, eran capaces de proezas inimaginables. Además, se sabían inmortales. Por eso dejaban entrar en sus cuerpos toneladas de sustancias improbables, con la seguridad de estar amparados por la ley universal de la santísima inocuidad. 
Pero se le olvidó revisar el contrato aquella noche de incontinencia. No leyó la letra pequeña, a pesar de sus ojos grandes 
Aquella noche entró en el santuario dispuesta a realizar el periódico ritual de abrir sus puertas al caro placer de la desmesura. Fue su última y liviana cena. 
La sacaron del baño con la cara blanca, el gesto pleno de sorpresa, y bella hasta decir basta.

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