El Alfil lleva tiempo preparándose. Él y su compañero, el otro Alfil.
No te equivoques, ellos no dejaron, ni por un instante, de cumplir con sus responsabilidades, de hecho, lo comunicaron de forma solemne en la última audiencia que tuvieron con los Reyes.
El Rey se rascaba la cabeza, mientras seguía pidiendo otra jarra del gratificante licor.
La Reina, no. Ella estaba hecha de otra madera. Mientras que, por un lado, escuchaba escéptica, por otro ya estaba ideando su estrategia.
Las torres también escucharon, pero confiaban en su propia fortaleza, pensando que la cosa no iba con ellas. Craso error.
Y los caballos... Llevaban tanto tiempo sin entrar en batalla, que optaron por seguir paciendo en los extensos campos de hierba.
De los peones, mejor no hablamos.
Pero ellos, los Alfiles, estaban conectados. Vieron en sus sueños que los dioses se habían retirado, sintieron su ausencia y, además, hacía mucho tiempo que sus sagradas manos no se posaban en ninguna pieza.
En la mañana de aquel día, los dos Alfiles se retiraron a una casilla solitaria. Allí, en completo silencio, juntaron sus cuerpos y entraron en profunda meditación.
Nadie vio como desaparecieron, envueltos en el fuego purificador de una combustión espontánea.
Fin del ciclo.
No te equivoques, ellos no dejaron, ni por un instante, de cumplir con sus responsabilidades, de hecho, lo comunicaron de forma solemne en la última audiencia que tuvieron con los Reyes.
El Rey se rascaba la cabeza, mientras seguía pidiendo otra jarra del gratificante licor.
La Reina, no. Ella estaba hecha de otra madera. Mientras que, por un lado, escuchaba escéptica, por otro ya estaba ideando su estrategia.
Las torres también escucharon, pero confiaban en su propia fortaleza, pensando que la cosa no iba con ellas. Craso error.
Y los caballos... Llevaban tanto tiempo sin entrar en batalla, que optaron por seguir paciendo en los extensos campos de hierba.
De los peones, mejor no hablamos.
Pero ellos, los Alfiles, estaban conectados. Vieron en sus sueños que los dioses se habían retirado, sintieron su ausencia y, además, hacía mucho tiempo que sus sagradas manos no se posaban en ninguna pieza.
En la mañana de aquel día, los dos Alfiles se retiraron a una casilla solitaria. Allí, en completo silencio, juntaron sus cuerpos y entraron en profunda meditación.
Nadie vio como desaparecieron, envueltos en el fuego purificador de una combustión espontánea.
Fin del ciclo.

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