Siete minutos parecen poca cosa. Lo que tardas en tomarte un café con leche con un cruasán, lo que tardas en olvidar el nombre del amigo del conocido que te acaban de presentar, lo que tarda el señor Matías en hacer el amor con su señora Azucena.
Pero siete minutos muerto, ¡ay!, amigo, eso es otra cosa.
Cuando murió, Pedro Peláez tenía noventa y cuatro años, pero aparentaba ciento doce.
Cuando resucitó, Pedro Peláez parecía tener cincuenta y tres.
Abrió los ojos y pidió una cervecita muy fría. Y lo dijo así, tal cual: "por favor, una cervecita muy fría".
Una enfermera que estaba ordenando el cuarto se cayó de culo y se hizo daño en el coxis. Gritó tanto y tan fuerte, que la pequeña habitación se llenó de gente en un plis plas.
Pero nadie atendía a la del coxis, sino que se quedaban mirando al señor Pedro, que se había levantado de la cama y estaba canturreando algo que parecía como de ópera, aunque podría ser zarzuela. Y también realizaba extraños giros con el cuerpo, mostrando parcialmente su trasero a través de la bata de enfermo mal atada.
No tardaron en llegar los doctores. Uno de ellos movía sus brazos como aspas de molino, dando una oportunidad de oro al señor Pedro, el resucitado, de asemejarse al D. Quijote que embiste al falso gigante.
El doctor no daba crédito, sin embargo tampoco salía de su asombro.
La pequeña habitación siguió llenándose de curiosos atraídos por el creciente barullo. Primero fueron los que visitaban a otros enfermos, pero al poco también llegaron algunos encamados con el ánimo revuelto, los que se podían levantar de la cama.
Uno de ellos cargaba con ese cacharrito con ruedas que lleva un gotero, y del que sale un tubito largo que entra en la vena del brazo del portador.
En el momento álgido, cuando ya no cabía imaginar algo más delirante, la situación dio un salto cualitativo. El señor Pedro, el viejo reviejo, muerto y resucitado, y además rejuvenecido, se subió a la cama y se quitó la bata con un gesto decidido y elegante. Todo el mundo quedó mudo e inmóvil, incluso el doctor "molino de viento".
Fue entonces que, con voz clara y potente, el señor Pedro fue desgranando algunas profecías que le habían sido comunicadas mientras estuvo muerto.
Antes de cinco mil trescientos años, un tsunami terrible dejará la península ibérica sumergida, pero los cuatro millones doscientas treinta y ocho mil setecientas noventa y dos personas que logran sobrevivir, se irán al Mulhacén y con ellos comenzará una nueva forma de sociedad, basada en la contemplación compulsiva del horizonte.
Antes de mil treinta y cinco años, algunos osos panda sufrirán una mutación en el ADN, a causa de una terrible eyección solar, que les hará aborrecer el bambú, al tiempo que descubrirán en las pasas de corinto un nuevo y prometedor futuro para su dieta.
Antes de doscientos y poco de años, morirán todos los géminis con ascendencia tauro.
Antes de cuarenta y seis años volverán las oscuras golondrinas, pero al día siguiente aparecerán todas colgadas de sus balcones. Se pensará en un suicidio colectivo, mas la cruda realidad será que una horda de hombres mulatos, otrora buena gente, se desquiciarán, y sin atender a razones, se lanzarán a cometer asesinato en dichas aves.
Antes de dos días, un viejo de noventa y cuatro años, morirá, y estará muerto durante siete minutos, al final de los cuales resucitará, provocando el pasmo entre los presentes, sobre todo en un médico que se encontrará abocado a mover los brazos con grandes aspavientos, dando la sensación de encontrarse representando la famosa escena del Quijote, la de los molinos de viento.
El viejo resucitado se quedará en pelota picada, y sobre su cama, y con una recién adquirida apariencia de cincuentón, irá desgranando algunas profecías que le habrán sido confiadas durante sus ya famosos siete minutos en su más allá.
Pasado mañana será viernes.
Después de esta última predicción, cayó como una piedra al lecho y volvió a morir; no sabemos por cuánto tiempo.

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