Eva ha conseguido su objetivo. Con el dinero que consiguió tras vender todas las fotografías de su exposición, su vida ha pasado del blanco y negro al color.
Y tiene nuevo proyecto; publicar un libro con fotografías hechas a las gentes del México profundo. Con ese objetivo prepara su viaje, los billetes de avión, la reserva de los hoteles, la meticulosa preparación del material fotográfico.
A ella le gusta usar una vieja cámara de la años cincuenta, colgar los negativos con las pinzas, la habitación oscura.
Ya ha llegado a México y viaja por pueblos pequeños y antiguos buscando cierta luz.
Hoy, por fin, la encontró.
Por momentos se siente como la protagonista de una vieja película.
Su nuevo amigo pregunta; quiere conocer más detalles de su trabajo. Ella le habla de los retratos, pero él le dice que mejor sólo paisajes. Vaya, parece que no me he explicado bien. Con paciencia le cuento todo otra vez, y esta vez sí que ha entendido. Pero insiste que eso no puede ser. En este pueblo creen que las fotografías roban el alma de la gente. Ella sonríe condescendiente, pero él no. Eva se incomoda. Ha venido desde España y no cambiará el enfoque de un plan tan cuidadosamente elaborado. No se va a detener por la opinión desfasada de un tonto pueblerino.
El ayudante se va. Eva se acuesta pronto, mañana se levanta temprano.
La jornada del día siguiente resulta frustrante. Nadie quiere ser retratado, ni siquiera por dinero. Y eso que en este pueblo viven de forma miserable.
Por su cabeza pasa la idea de volver a contar con su contacto, pero lo piensa mejor; hará las fotos de lejos, sin que nadie se dé cuenta. Ella no se va sin su libro.
Por la noche alguien entra en su cuarto y le acerca un pañuelo a la nariz. Cuando despierta ya está en otro sitio, atada a una vieja silla de madera.
Hay tres personas que le observan. Eva grita, habla, exige, pregunta, patalea, llora. Uno de los hombres descorre una gruesa cortina; tras ella aparece una caja grande y negra. Los tres hombres canturrean en una lengua nativa y realizan ciertos movimientos con las manos. Ahora, Eva calla. Ahora, Eva rígida. Ahora, quietud y silencio.
Uno de ellos se acerca a la caja y abre una pequeña ventanita de madera tallada. El halo que surge por esa ventana envuelve el cuerpo de Ana y luego desaparece.
Ahora está en casa. Ya ha pasado más de un mes.
Ella no recuerda cómo volvió a España.
Ella no habla. Ella no sabe. Ella no ríe. Ella no sueña. Eva ya no...

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