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martes, 26 de diciembre de 2017

SÍNTESIS PERFECTA


El escritor de relatines, cansado de buscar lo singular, la anécdota y el retrato, quiere cerrar su carrera con la perfecta síntesis, la esencia misma de la vida, de la existencia, escribiendo el relatín más corto del mundo, y que a la vez sea el de más profundo significado. 
Lleva unos meses en la tarea, con jornadas de ocho horas, esbozando las ideas que revolotean como mariposas por su corazón. 
Cada día añade relatines nuevos y borra otros, pero se da cuenta de que no llega a ningún sitio. Necesita ser verdaderamente mínimo. Sobran verbos y adjetivos, sobran artículos y sujetos. Tanto es así que, a veces cree que él mismo es el sujeto que sobra. 
Esta mañana ha dado un gran paso, se ha quedado con un relatín pequeño, de siete palabras. 
Al día siguiente se da cuenta del fracaso. 
Por la tarde lo ha dejado en cinco. Un tumulto. 
Hoy no ha probado bocado, no le entra nada en el cuerpo. Está obsesionado, Intuye que esta es la gran tarea de su vida. 
Se despierta a medianoche y vuelve hacia su mesa de trabajo. Deja sola una palabra. La pasa a limpio en un nuevo folio y se queda mirando. Sonríe y se vuelve a la cama. 
A punto de ponerse la taza de café con leche en los labios oye el rugido. Vuela el desayuno sobre la camisa limpia y vuelve, desesperanzado, al folio. Esa palabra es demasiado, un verdadero escándalo. Debe desaparecer. 
Se levanta de la mesa y sale al jardín. Camina sin objetivo al borde de un infarto. Simplicidad, aire, vacío; todo eso, y menos, le ronda por la cabeza. 
Vuelve al folio, y mirando la palabra escrita ya le pesa. Trata de acortarla con microcirugía. No funciona, demasiado extensa. 
Y, de pronto, se ilumina. Borra la palabra, a todas luces un estorbo excesivo e innecesario, y deja el punto. Es un punto y final, el fin de su delirio, la esperada meta. Sí, ya puede respirar tranquilo. El punto que cierra la herida y diluye esa pesadilla. 
El escritor se ha confiado. El punto le dispara con precisión de rayo láser y amenaza lo poco que le queda de esperanza. Entiende que no hay atajos para llegar a la nada, y ese punto le está matando, le echa en cara su cobardía. Y no encuentra lugar seguro para huir o esconderse. 
Es el momento crucial.
Se queda con la mente en blanco, con la mirada clavada en el gigantesco punto. No, el punto tampoco es el mínimo relato. Sobran significados. Ahí está, aun hiriente, el todo contra la nada. Él es el punto que grita sobre el folio, representando la totalidad de la materia, y eso es demasiado. 
Y, justo en ese momento llega el premio de su terrible esfuerzo. 
Destruye el papel, manchado con el sucio punto, lo arruga y va directo a la papelera. 
Y, suavemente, pone otro folio en blanco sobre la mesa. 
Ahí está, ahora sí, la síntesis perfecta, el mínimo relatín, su obra maestra. 
Ahora faltan los lectores adecuados.

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