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lunes, 11 de diciembre de 2017

LOS RECUERDOS DE ALEJANDRO

Alejandro, el chico, apenas tiene siete años a primeros de los sesenta. 
Su padre trabaja en el campo como un animal, y aun así, apenas llega la paga para lo básico. Alejandro pasa más hambre que un perro chico. Tiene las zapatillas tan rotas que se le salen los dedos, negros y duros como piedras. Cuando hace frio se llenan sus orejas de sabañones y se le agrietan los labios. Y por esa herida se pasa la puntica de la lengua, para sentir eso que no llega a ser dolor. 
Roba cerezas del árbol, pero vigila que no le vea el señor Alfredo, que luego se chiva a su padre, y éste le castiga con golpes en todas las partes del cuerpo. 
Alejandro sabe tallar figuras en la madera con una navaja. La usa desde que era aún más pequeño. Y flautas de caña. 
Lleva la cara sucia y se come los mocos, que están muy ricos. 
Es amigo de los perros y les tira piedras a los gatos. 
Alejandro entra en las casas de los vecinos cuando no hay nadie, y fisgonea por los cajones y viejos baúles, llenos de mantas y membrillos. Y de olores añejos y ajenos. 
Había otros olores que se encontraba por los caminos. Olor a ozono después de la corta lluvia de verano, olor a pan recién hecho en el horno del tío Gerardo, olor a establo y a gorrino. Olor a la papilla de su hermano pequeño, hecha de galleta y zumo de naranja. 
Lo que no recuerda son los besos. Ni abrazos.
Los domingos, su madre le lava la cara y le peina los alambres de su cabeza despeinada. Alejandro sabe montar en la mula de su tío y segar alfalfa para los conejos. 
Y abrirles la barriga con la navaja a las lagartijas. No decían ni pío. 
Un día, Alejandro vio por el ojo de una cerradura, a su madre desnuda. No tenía picha. 
Su abuela siempre iba de negro. Su abuelo oía la radio mientras fumaba tabaco verde. 
La vida dio muchas vueltas, y hoy, Alejandro, recuerda todo aquello como un regalo. 
Ahora vive en Valencia, es un famoso poeta que escribió muchos libros. 
Cuando está solo sueña un nuevo libro de poemas. 
Y se come los mocos.

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