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martes, 19 de diciembre de 2017

EL MITIN

El presidente del gobierno sube al estrado. Su gente, entregada y sumisa, le jalean cada frase, cada puntilla, sobre todo cuando va dirigida a cualquiera de sus adversarios.
Los aplausos brotan como furiosos geiseres mientras las bocas escupen espumarajos. 
La actuación es insuperable, el público, hipnotizado. Aquello es tan perfecto que da asco. 
Una señora de Villamalea, que ha venido adrede en su propio coche, se aparta del grueso de gente y vomita, con ansia, sobre dos niños gemelos, que llevan ramos de flores en las manos. 
Sus padres, visiblemente enfadados, se dividen las tareas; mientras que ella saca decenas de pañuelos perfumados de su bolso y limpia las cabezas de sus hijos, el marido riega a palabrota limpia el rostro demudado de la señora indispuesta. 
Pero según le grita el marido, también se siente asqueado, pasando de los insultos al vómito en un segundo, poniendo perdida a la señora que vomitó sobre sus gemelitos. 
Ajeno, el presidente sigue con su verborrea, pero algunos de los presentes, quizás por el efecto contagio, se suman al vómito de forma espontánea. En menos de cinco minutos, el mitin se ha convertido en una orgía de arcadas y olor a muerto, todo ello acompañado de vómitos por todos lados. 
El presidente calla de pronto, ya todo es demasiado evidente. La mitad de los presentes está vomitando sobre la otra mitad, y ya no quedan pañuelos. 
Las puertas se atascan, la gente corre entre vómitos y espasmos, pisando aquellos inmundos charcos de angustia y asco. 
Los guardaespaldas rodean a un presidente asqueado, pero mientras les da órdenes que no pueden oír, dado el follón que hay montado, es cubierto, de forma involuntaria, eso sí, por la furiosos vómitos de tres de los guardaespaldas. Uno quiere decirle, "lo siento, señor presidente", pero lo único que pasa es que le envía dos litros de vómito a la cabeza. 
La plaza de toros está rebosando. Aquello dura unos quince minutos, a partir de la cuales todo se queda en arcadas constantes. 
Al día siguiente, los periódicos informan de los actos que se están realizando, todos marcados por el mismo signo desquiciado. 
Aquello, en el contexto nacional, marca un antes y un después. 
Poco a poco, las gentes se van alejando de las urnas, desmitificando el voto. Es entonces que surge, de forma espontánea, el movimiento silencioso. 
¡Ah!, y las plazas de toros se convierten en plazas de todos. Amén. 
P. D. Esta historia me la han contado hace poco, y yo la doy por cierta.

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