Raúl vive en el purgatorio.
Es un pueblo pequeño pero feo, perdido en la extensa llanura castellana.
Su vida transcurre.
Vive con un subsidio que a duras penas le da para mirar el horizonte durante horas. Así cada día.
Han abierto un local a las afueras, se llama "El Paraíso".
El primer día de paga le hace una visita.
Le tratan como a un marqués. Dos chicas con las tetas al aire le tocan lascivamente. Y le besan. Y al minuto de estar sentado con ellas en el rinconcito oscuro, empiezan a llegar las botellitas de benjamín. Sí, esto es el paraíso. Y yo soy un marqués, piensa Raúl.
Pero no quiero contarlo todo, sino dejar que la imaginación haga su papel.
De todos modos, tetas y paraíso. Cuatrocientos euros en hora y media. Para ellas, poco. Para él, todo.
Las chicas le dejan sólo mientras se limpia con servilletas de papel.
Cuando sale del paraíso ya no encuentra el purgatorio, sino un infierno de veintinueve días.

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