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martes, 19 de diciembre de 2017

MATER AMANTÍSIMA

Yo era la más joven de todas y la única que llegó a conocer su más profundo secreto. 
La madre superiora llevaba toda su vida en el convento; era apreciada y querida como una verdadera madre. 
Tenía todas las virtudes y ningún defecto. Ni una sola hermana estuvo enferma sin que ella le visitara, ninguna hermana sufrió sin que ella le consolara. 
Tuvieron que pasar dos meses desde que entré en el convento hasta que me di cuenta de algo bastante curioso; la madre superiora nunca se presentaba en los rezos comunes, y en las oraciones puntuales siempre se la veía quieta y callada. Y cuando pregunté, nadie supo responder. Ellas no cuestionaban nada, y tampoco les importaba. Pero mi cabeza no paraba de dar vueltas. 
La casualidad hizo que me eligiese para cuidarla cuando se puso enferma. Ya tenía muchos años y no podía ni levantarse de la cama. 
Con la cercanía de su muerte y mi cercanía a ella, me volví atrevida. Así que, un día le pregunté. Ella me habló como si contarme sus cosas le hiciese bien, como una confesión. 
Me confesó que era atea. 
Esa noche murió. 
Qué paradoja, mientras sembraba dudas en mi corazón, a ella se le habían despejado.

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