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lunes, 11 de diciembre de 2017

DESFASE TEMPORAL

De hecho, pasé más de un año ajustando cada día el maldito minutero. Y no había forma. Siempre tenía un minuto de más o de menos, según le daba. 
Como puedes suponer, aquello no me importaba sino por lo extraño del asunto, y todo se reducía a intentar entender tanta exactitud en la expresión del misterio. 
Hasta que un día fueron las horas. Siempre una de más o de menos, una hora justa. Y de nuevo, no importaba cuantas veces ajustase mi reloj, siempre se descompensaba. 
Pero con las horas me di cuenta de algo que me había pasado desapercibido. Y es que no era el reloj sino yo el que vivía a destiempo. Una hora más o una menos. 
Empecé a llegar tarde al trabajo, o una hora antes. También a las citas, a los eventos. Mi vida empezó a ser un infierno. Con el agravante de no poder contárselo a nadie. A quién, de todas formas, ¿a un médico? ¿a un científico? 
Cuando se desajustaron los días ya no quise salir de casa, tenía miedo. Entiéndeme, yo estaba bien de salud, pero la cabeza, los pensamientos, eso me tenía en vilo. 
La presión sicológica se me hizo insoportable. 
Yo vivía en un lunes, pero el resto del mundo estaba en un martes o en un domingo. 
Perdí el trabajo, los amigos y una medio novia que tenía, que en cuanto me vino esto desapareció sin dejar rastro. En parte, claro está, por mi reiterada impuntualidad. 
A partir de ahí todo fue muy rápido. Una mañana me desperté en otro año, concretamente en el año pasado, y ya supuse que la cosa era grave. 
Esto no va a terminar aquí, pensé. 
Lo siguiente será perderme en otro siglo, y luego en otra eternidad. 
¿Miedo? Pues claro, un miedo perdido entre los pliegues del tiempo. 
Un intenso miedo que no sé si es de mañana o de ayer.

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