Ya no se fijaba en esos detalles. Vivía solo y no tenía facilidad para hacer nuevas amistades. Le faltaba el necesario don de gentes.
Un día las empezó a ver, nada urgente, en esos recovecos por donde el ojo apenas llega. Allí no molestan, pesan poco y casi ni se aprecian.
Telarañas.
Inofensivas.
Aunque de vez en cuando lo pienso, al final nunca las quito, no me molestan.
Llevo un tiempo que salgo poco de casa, adonde voy a ir. Nadie me espera ni me reclama.
Hoy descubrí unos hilillos rodeándome. Ellas siguen escondidas.
Cuánto trabajo hecho, en silencio, sin aparente prisa.
Esta mañana me desperté tarde, no entiendo cómo he podido dormir tanto. Según el reloj, casi veinte horas. Todo está lleno de telarañas, todo. El techo, las sillas, el espacio entre las cosas.
Y mi cuerpo.
Y la araña está ahí, justo delante de mí, a un par de metros escasos. Me pregunto cómo pueden existir arañas tan grandes.
Me pongo a la tarea de quitarme de encima las telarañas que me impiden el movimiento, mientras la araña gigante se acerca, lenta e inexorablemente.
Un día las empezó a ver, nada urgente, en esos recovecos por donde el ojo apenas llega. Allí no molestan, pesan poco y casi ni se aprecian.
Telarañas.
Inofensivas.
Aunque de vez en cuando lo pienso, al final nunca las quito, no me molestan.
Llevo un tiempo que salgo poco de casa, adonde voy a ir. Nadie me espera ni me reclama.
Hoy descubrí unos hilillos rodeándome. Ellas siguen escondidas.
Cuánto trabajo hecho, en silencio, sin aparente prisa.
Esta mañana me desperté tarde, no entiendo cómo he podido dormir tanto. Según el reloj, casi veinte horas. Todo está lleno de telarañas, todo. El techo, las sillas, el espacio entre las cosas.
Y mi cuerpo.
Y la araña está ahí, justo delante de mí, a un par de metros escasos. Me pregunto cómo pueden existir arañas tan grandes.
Me pongo a la tarea de quitarme de encima las telarañas que me impiden el movimiento, mientras la araña gigante se acerca, lenta e inexorablemente.

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