Suena el despertador. Ángel Aguirre se despereza y sale de la cama. Aún no ha salido el sol.
Se toma un café con leche de puchero con dos magdalenas caseras y sale de la casa. Se dirige hacia la caseta de los aperos. Hoy va a quitar la hierba que invade la huerta, abrirá catorce hoyos para plantear las oliveras y, por último, encañará los tomates.
Ángel tiene sesenta y cinco años. Su padre fue agricultor y está sintiendo lo que su padre sintió.
Se toma un café con leche de puchero con dos magdalenas caseras y sale de la casa. Se dirige hacia la caseta de los aperos. Hoy va a quitar la hierba que invade la huerta, abrirá catorce hoyos para plantear las oliveras y, por último, encañará los tomates.
Ángel tiene sesenta y cinco años. Su padre fue agricultor y está sintiendo lo que su padre sintió.
Ahora suda años de barro y sol.
Le duele la espalda, las venas le marcan el pulso del corazón en las sienes.
Al mediodía hace un alto. Saca el almuerzo de la tartera y busca una sombra para comer y echar una siesta.
Mientras se le cierran los ojos, piensa en los años que pasó amasando la enorme fortuna que tiene, y en lo poco que faltó para perder el sentido de lo que de verdad importa.
Mientras se le cierran los ojos, piensa en los años que pasó amasando la enorme fortuna que tiene, y en lo poco que faltó para perder el sentido de lo que de verdad importa.

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