Dioses, éramos dioses, los putos amos.
Con una firma cambiábamos el futuro de las cosas y de la gente.
El teléfono ardía en nuestras manos y teníamos la sensación de que tanta cocaína jamás afectaría a nuestro hígado.
Cada seis meses vendía el coche para comprar un nuevo modelo. Y me tenía prohibido acostarme dos veces con la misma mujer. Y del número, ya perdí la cuenta. Cientos, quizás. Siempre arriba, siempre en la cima de un mundo de alpinistas.
Pero ahora, aquí... Aquí no hay nada que valga la pena, volveré dentro de un rato, a lo mejor entonces, cuando cierre el supermercado… ¡Joder! Estos putos contenedores...cada día los hacen más altos...
Con una firma cambiábamos el futuro de las cosas y de la gente.
El teléfono ardía en nuestras manos y teníamos la sensación de que tanta cocaína jamás afectaría a nuestro hígado.
Cada seis meses vendía el coche para comprar un nuevo modelo. Y me tenía prohibido acostarme dos veces con la misma mujer. Y del número, ya perdí la cuenta. Cientos, quizás. Siempre arriba, siempre en la cima de un mundo de alpinistas.
Pero ahora, aquí... Aquí no hay nada que valga la pena, volveré dentro de un rato, a lo mejor entonces, cuando cierre el supermercado… ¡Joder! Estos putos contenedores...cada día los hacen más altos...

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