Ya está otra vez. Es que no para, y da igual las veces que le tienen que llamar la atención.
Las más de las veces la encuentran contenta no más, pero otras, como hoy mismo, es que no se tiene de pie.
Las hermanas le llaman, a sus espaldas, Sor Piripi, y la madre superiora la tiene como caso perdido.
Y el caso es que es muy buena. Más que buena, bonitísima, un angelico del Señor, una verdadera representante del Cielo en la Tierra.
Hasta que descubrimos su secreto, nos llevó a todas como locas.
Porque dime tú de donde sacaba el vino, si apenas entraba en el convento, a lo sumo, un litro cada semana. Misterio.
A instancias de la madre superiora, la fuimos vigilando de forma prudente entre todas.
Apenas le quedaban unos minutos diarios en los que escapaba a nuestro obsesivo control, pero ahí estaba el quid de la cuestión. Era justo en esos momentos cuando aprovechaba para beber. Pero la pregunta crucial era: ¿De dónde lo sacaba? ¿Quién se lo proporcionaba? ¿Cómo lo escondía? ¿Qué hacía con las botellas vacías? Y la respuesta siempre era la misma: ni idea.
Yo me propuse desvelar el misterio, así que esperé paciente hasta que un día la encontré con un pedo del veintisiete. Me acerqué y reí con ella mientras disfrutaba como una niña. La rodé entre mis brazos y la conduje a su celda.
Le pedí, con voz cómplice, que me invitara, cosa que le pareció muy divertida.
Entonces, con gestos teatrales, cogió un vaso y lo llenó de agua. Puso sus manos encima y rezó una corta plegaria.
Al cabo de un rato, las dos estábamos en el suelo muertas de risa.

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