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miércoles, 27 de diciembre de 2017

HEDOR


Un vecino dio la voz de alarma. 
Después de hablar con el portero optaron por llamar a la policía. 
Sí, señor policía, el hedor es insoportable, sí, del tercero A, sí, siempre hubo un tufillo, pero últimamente ya no hay quien aguante, no, es una persona normal, todos los días va a trabajar con traje, no, nunca, siempre saluda en la escalera, no, ruido no hace apenas, no, no, tampoco, fiestas tampoco, sí, eso es, bien, entonces vendrán a ver, si, bien, hasta luego. 
La pareja de policías pidió ir directamente al tercero A. 
Llamaron al timbre y una voz dijo ya voy desde dentro. 
El mal olor era evidente, penetrante, asqueroso, repugnante. Un señor abrió un poquito la puerta y asomó el morrillo y un ojo. Parecía reacio a la visita, pero los policías también estaban intrigados con los efluvios que emanaban del interior y no le dejaron opción. 
Parecía nervioso, pero en realidad estaba aterrado. 
Lo que encontraron los policías les dejó espantados. Toda la casa estaba llena de bolsas de basura fuertemente apiladas. Por el pasillo apenas podía pasar una persona, y en algunas habitaciones ya no cabía nada. 
El hombre miraba al suelo sin decir palabra. Un policía sacó el móvil y comenzó a dar el parte. El otro se animó a romper una bolsa. No salía de su asombro al comprobar el interior. Tanto es así que se lanzó visiblemente agitado a romper otra, y luego otra, y otra, y otra... 
Sí, ahora todo cobraba sentido, esa peste revulsiva, ese putrefacto olor a mierda venía de los miles de billetes de quinientos euros que llenaban cada bolsa. 
El hombre, ya descubierto, le dice al policía que usted no sabe quién soy yo. 
El policía le contesta: no, pero me lo imagino.

TENÍAMOS LA ILUSIÓN


Tanto mi marido como yo adoramos a nuestro único hijo, le queremos sin medida y sin condiciones. Acaba de cumplir doce años, está hecho un hombrecito. 
A mi marido y a mí nos hubiese hecho mucha ilusión que, bueno...respetaremos mucho lo que decida, porque se trata de su vida, de su felicidad, y nosotros, lo que queremos sobre todas las cosas, es que sea feliz. 
Aún es pronto, dice mi marido. Pero nosotros, como padres, ya le vemos que tiene esa inclinación, ya sabes, sus maneras, su sensibilidad, los juguetes que elije para su cumpleaños... No, decepcionados no, eso jamás. 
Tan sólo es que nos hacía ilusión tener un hijo gay, como nosotros. 
Pero lo primero es el amor, que sea feliz.

SE FUE LA LUZ


Se fue. 
Se fue la luz. 
Se fue la luz en todo el país, quedando aquietado, adormecido, mortecino. 
Es cierto que en un primer momento hubo quejas y algunos gritos, pero enseguida quedaron las caras cuajadas de pasmo. Y silencio. 
Había gente que llevaba el móvil en la mano, y de vez en cuando lo intentaban poner en marcha. Después de algunos días, ya no quedaba energía en ninguna pila. 
Pero sobre todo, las caras; serias y compungidas, estáticas, hieráticas, sorprendidas, detenidas, esperando. 
Se fue la luz y nadie tenía respuestas. Un fallo del sistema. 
Un día los niños empezaron a jugar, y la luz llegó, así, de pronto otra vez. 
Menos mal que no fue la que todos esperaban.

EL PARAÍSO


Raúl vive en el purgatorio. 
Es un pueblo pequeño pero feo, perdido en la extensa llanura castellana.  
Su vida transcurre. 
Vive con un subsidio que a duras penas le da para mirar el horizonte durante horas. Así cada día. 
Han abierto un local a las afueras, se llama "El Paraíso". 
El primer día de paga le hace una visita. 
Le tratan como a un marqués. Dos chicas con las tetas al aire le tocan lascivamente. Y le besan. Y al minuto de estar sentado con ellas en el rinconcito oscuro, empiezan a llegar las botellitas de benjamín. Sí, esto es el paraíso. Y yo soy un marqués, piensa Raúl. 
Pero no quiero contarlo todo, sino dejar que la imaginación haga su papel. 
 De todos modos, tetas y paraíso. Cuatrocientos euros en hora y media. Para ellas, poco. Para él, todo. 
Las chicas le dejan sólo mientras se limpia con servilletas de papel. 
Cuando sale del paraíso ya no encuentra el purgatorio, sino un infierno de veintinueve días.

LLEGO TARDE, LLEGO TARDE


Llego tarde, llego tarde. 
Miro otra vez el reloj, las once y once. Me apresuro. La gente camina lentamente, apenas miran, están en la mente y sus problemas. 
El taxista no me ve, maldigo mi mala suerte, tropiezo con la señora y casi se cae. Al cogerla del brazo me aparta la mano. Yo también me aparto de su pequeña furia apenas contenida. Y sigo con mi paso ligero. 
En el reloj siguen siendo las once y once, siempre las once y once. 
Me falta el aire pero sigo esquivando a la gente que me entorpece el paso. 
Tengo prisa por llegar a donde me están esperando. 
Estoy sudando y dudando si llegaré el destino que ando buscando. 
Mi casa queda tan lejos que apenas la recuerdo. 
Me pregunto si habrá alguien esperando. He de llegar, me estoy cansando. 
Tropiezo y voy dando traspiés, pero ya no me entretengo en reparaciones o cortesías. Soy yo contra el mundo y la vida. Y la vida se me está acabando. 
Tengo prisa. Miro el reloj. Son las once y once, y ya entiendo que no llegaré nunca. 
Me he perdido en el atajo.

LA SEÑORA JOAQUINA


La señora Joaquina ve cómo llegan sus dos hijos y su hija a comer con ella; ve, con alegría, como los tres han prosperado en sus vidas, en sus trabajos, cómo se han casado y tenido hijos sanos y hermosos. 
La señora Joaquina ve cómo los años le han tratado como a una reina, y su marido le acompaña con ese amor madurado a lo largo de tantos otoños. 
La señora Joaquina ha visto cumplidos todos sus sueños, no sabe qué más pedirle a la vida. Pero yo la conozco, soy su mejor amiga, y vengo a verla cada día. 
La señora Joaquina tiene algo en el cerebro con un nombre raro.
Se lo dijo el médico.

martes, 26 de diciembre de 2017

LA VIUDA


La recién estrenada viuda pasea sin descanso por la casa, reponiendo bocaditos en las bandejas, sacando cervezas y café con pastas. 
La gente charla animadamente alrededor de la caja. Y hasta tres hombres diferentes piensan obsesivamente en los pechos turgentes de la recién estrenada viuda. 
Es un funeral moderno, la gente hace chistes y el animo no decae ni un solo momento. 
La recién estrenada viuda, entre mohines y meneos, hace cábalas sobre lo que habrá en el testamento. Sus dos años escasos de casada no le dan para muchas certezas, pero confía en que hizo lo suficiente para merecer lo que suponía. 
Para cuando el aparente finado despertó de su cólico, todos en la casa estaban muertos. 
La ensaladilla, la mahonesa, los huevos...

SORPRESA


José valcarcel y Agustina Aparicio murieron a la vez, cuando el coche en el que viajaban se estampó en la fachada de una casa, cuando aquella avispa entró por la ventanilla abierta y le picó en la mejilla a José, que era quien conducía. 
Ellos eran una pareja atípica; él era ateo y ella creía. 
Así que, justo después de morir, se miraron a los ojos y dijeron: ¡Vaya, qué sorpresa!

UNA HISTORIA DE AMOR

Hola, siento no poder decirte mi nombre. Estoy de paso. No tengo permiso de trabajo, soy ilegal. 
Me vine a España con una novia, pero me dejó. No tengo dinero para volver. 
De momento he aceptado un trabajo temporal aquí, en este bar de carretera. Yo pongo las copas a esos desgraciados, y les doy conversación. También les aconsejo sobre las chicas. 
Una de ellas me gusta mucho, y creo que yo también a ella. No me importa que se alquile, sobre todo porque a ella tampoco le importa. Ella tiene ideas muy claras sobre su vida, su cuerpo, su decisión. Es una mujer fuerte, como a mí me gustan, y gana mucho dinero. Creo que me estoy enamorando. 
Dejaré que pase un tiempo para asegurar que no es algo pasajero, que quiere venir conmigo al otro lado del mundo.  
Le he dicho que la quiero, ha sonreído y el corazón me ha dado un vuelco. La idea es irnos a Sudamérica y montar, no sé, una peluquería para perros en una zona pija, o algo así. 
Ya hemos puesto fecha, el uno de enero.
Y no, no será fácil, pero nosotras podemos. 

EL GRAN DESCUBRIMIENTO


Ginés acaba de hacer un descubrimiento que puede cambiar la vida de miles de personas, pero sobre todo, seguro que va a cambiar la suya. 
Recuerda, como si fuera hoy, cuando tomó la decisión siendo todavía un muchacho. 
Estudió durante años con una fuerza de voluntad inhumana, la misma que servirá para salvar la vida de tantos humanos. Su especialidad se centra en el cáncer, y ahora tiene en sus manos la solución, barata y radical, que acabará con tantas muertes. 
Se ha sentado en su sillón preferido, en la habitación de su casa. Se ha quedado en silencio durante algunas horas. Respira. Es la hora ya, hay que hacer un montón de llamadas, dar la noticia, hablar con el colegio de médicos, con el personal del laboratorio, con el departamento de sanidad del gobierno. 
Tan seguro está de que su descubrimiento es trascendental que ya no duda más. 
Pasa toda la mañana con el teléfono, lidiando con tanta enhorabuena, con tanta palmada en su espalda. 
Su suerte está echada. 
Se toma un respiro y, resignado, se dispone a llamar a su abogado para hacer el testamento.

EVA, NUEVO PROYECTO


Eva ha conseguido su objetivo. Con el dinero que consiguió tras vender todas las fotografías de su exposición, su vida ha pasado del blanco y negro al color. 
Y tiene nuevo proyecto; publicar un libro con fotografías hechas a las gentes del México profundo. Con ese objetivo prepara su viaje, los billetes de avión, la reserva de los hoteles, la meticulosa preparación del material fotográfico. 
A ella le gusta usar una vieja cámara de la años cincuenta, colgar los negativos con las pinzas, la habitación oscura.
Ya ha llegado a México y viaja por pueblos pequeños y antiguos buscando cierta luz. 
Hoy, por fin, la encontró. 
Se instala en la casa de un nativo que apenas habla español, pero que le ha parecido muy listo. Durante la cena le explica lo que quiere hacer. 
Por momentos se siente como la protagonista de una vieja película. 
Su nuevo amigo pregunta; quiere conocer más detalles de su trabajo. Ella le habla de los retratos, pero él le dice que mejor sólo paisajes. Vaya, parece que no me he explicado bien. Con paciencia le cuento todo otra vez, y esta vez sí que ha entendido. Pero insiste que eso no puede ser. En este pueblo creen que las fotografías roban el alma de la gente. Ella sonríe condescendiente, pero él no. Eva se incomoda. Ha venido desde España y no cambiará el enfoque de un plan tan cuidadosamente elaborado. No se va a detener por la opinión desfasada de un tonto pueblerino. 
El ayudante se va. Eva se acuesta pronto, mañana se levanta temprano. 
La jornada del día siguiente resulta frustrante. Nadie quiere ser retratado, ni siquiera por dinero. Y eso que en este pueblo viven de forma miserable. 
Por su cabeza pasa la idea de volver a contar con su contacto, pero lo piensa mejor; hará las fotos de lejos, sin que nadie se dé cuenta. Ella no se va sin su libro. 
Por la noche alguien entra en su cuarto y le acerca un pañuelo a la nariz. Cuando despierta ya está en otro sitio, atada a una vieja silla de madera. 
Hay tres personas que le observan. Eva grita, habla, exige, pregunta, patalea, llora. Uno de los hombres descorre una gruesa cortina; tras ella aparece una caja grande y negra. Los tres hombres canturrean en una lengua nativa y realizan ciertos movimientos con las manos. Ahora, Eva calla. Ahora, Eva rígida. Ahora, quietud y silencio. 
Uno de ellos se acerca a la caja y abre una pequeña ventanita de madera tallada. El halo que surge por esa ventana envuelve el cuerpo de Ana y luego desaparece. 
Ahora está en casa. Ya ha pasado más de un mes. 
Ella no recuerda cómo volvió a España. 
Ella no habla. Ella no sabe. Ella no ríe. Ella no sueña. Eva ya no...

SOPA DE LETRAS


El señor Olmo, famoso premio Nobel, llega a la residencia. 
El director le recibe con todos los honores, acompañándole por las dependencias. 
El personal no parece impresionado y, de hecho, no distingue entre aquel anciano y cualquier otro. Tiene ochenta y nueve años y principio de alzheimer. Es muy simpático con las chicas y no parece saber su verdadera edad. Y una eminencia en astrofisica. 
Se pasa el día órbitando desde la sala de la televisión hasta la cocina, donde mendiga a la cocinera, con simpática picardía, trocitos de chocolate. 
Aquella noche se quedó mirando su sopa de letras mientras la removía con la cuchara. La camarera se le acerca. 
- Señor Olmo, le gusta mirar las letras... 
- No son letras, señorita, son estrellas. 
Y ya no regresó. 

SÍNTESIS PERFECTA


El escritor de relatines, cansado de buscar lo singular, la anécdota y el retrato, quiere cerrar su carrera con la perfecta síntesis, la esencia misma de la vida, de la existencia, escribiendo el relatín más corto del mundo, y que a la vez sea el de más profundo significado. 
Lleva unos meses en la tarea, con jornadas de ocho horas, esbozando las ideas que revolotean como mariposas por su corazón. 
Cada día añade relatines nuevos y borra otros, pero se da cuenta de que no llega a ningún sitio. Necesita ser verdaderamente mínimo. Sobran verbos y adjetivos, sobran artículos y sujetos. Tanto es así que, a veces cree que él mismo es el sujeto que sobra. 
Esta mañana ha dado un gran paso, se ha quedado con un relatín pequeño, de siete palabras. 
Al día siguiente se da cuenta del fracaso. 
Por la tarde lo ha dejado en cinco. Un tumulto. 
Hoy no ha probado bocado, no le entra nada en el cuerpo. Está obsesionado, Intuye que esta es la gran tarea de su vida. 
Se despierta a medianoche y vuelve hacia su mesa de trabajo. Deja sola una palabra. La pasa a limpio en un nuevo folio y se queda mirando. Sonríe y se vuelve a la cama. 
A punto de ponerse la taza de café con leche en los labios oye el rugido. Vuela el desayuno sobre la camisa limpia y vuelve, desesperanzado, al folio. Esa palabra es demasiado, un verdadero escándalo. Debe desaparecer. 
Se levanta de la mesa y sale al jardín. Camina sin objetivo al borde de un infarto. Simplicidad, aire, vacío; todo eso, y menos, le ronda por la cabeza. 
Vuelve al folio, y mirando la palabra escrita ya le pesa. Trata de acortarla con microcirugía. No funciona, demasiado extensa. 
Y, de pronto, se ilumina. Borra la palabra, a todas luces un estorbo excesivo e innecesario, y deja el punto. Es un punto y final, el fin de su delirio, la esperada meta. Sí, ya puede respirar tranquilo. El punto que cierra la herida y diluye esa pesadilla. 
El escritor se ha confiado. El punto le dispara con precisión de rayo láser y amenaza lo poco que le queda de esperanza. Entiende que no hay atajos para llegar a la nada, y ese punto le está matando, le echa en cara su cobardía. Y no encuentra lugar seguro para huir o esconderse. 
Es el momento crucial.
Se queda con la mente en blanco, con la mirada clavada en el gigantesco punto. No, el punto tampoco es el mínimo relato. Sobran significados. Ahí está, aun hiriente, el todo contra la nada. Él es el punto que grita sobre el folio, representando la totalidad de la materia, y eso es demasiado. 
Y, justo en ese momento llega el premio de su terrible esfuerzo. 
Destruye el papel, manchado con el sucio punto, lo arruga y va directo a la papelera. 
Y, suavemente, pone otro folio en blanco sobre la mesa. 
Ahí está, ahora sí, la síntesis perfecta, el mínimo relatín, su obra maestra. 
Ahora faltan los lectores adecuados.

EL RUN RUN


Doctor, me está matando. 
Cálmese, María, y dígame qué le pasa. 
Ya le digo, doctor, no es algo concreto. Es como un run run que me acompaña, y que no cesa. 
Por favor, María, cálmese. 
Me pide calma, pero hay momentos en que parece que voy a reventar. 
Bueno, dígame cómo es ese run run, descríbalo. 
Pues, verá, cuando me despierto ya lo tengo ahí, run run, run run...y no me deja en todo el día. Tendrá que ser más precisa, porque así, con lo que me está contando, pues no sé cómo tratarla. No sé qué más puedo añadir. 
Inténtelo.
Verá, me despierto y pongo la radio, run run, luego hago unas llamadas, run run, leo un rato, run run, salgo a la calle, run run, la tele, las revistas, la peluquera, las vecinas, run run, run run, run... 
Ya veo, María, ya veo... 
Run run... 
Sí, entiendo, lo que podemos... Run run... 
hacer... 
Run run... 
Escuche, María, vamos a... 
Run run, run run, run run, run run...

ME HUNDO EN EL SUEÑO

Debe ser un sueño. Seguro, un sueño. 
No me puedo mover, no sé dónde estoy, no conozco a esta gente. Están como yo, sentados e inmóviles. No hablan, duermen. Quiero levantarme pero no puedo. No tengo apenas fuerza. 
Y también el cinturón, que me sujeta con firmeza al sillón. 
Mi nombre sí, aun es mío, pero lo demás es una nebulosa, lejana y difusa. 
En la tele echan películas del oeste, una detrás de otra. Y de policías. Muchos tiros y persecuciones. 
Quiero hablar, pero no me salen las palabras de la boca. 
Ya estoy cansado de este sueño, quiero despertar, volver a ser yo, el que camina sin ataduras, el que respira a pleno pulmón. 
Todos estamos igual, solos y envejecidos. Y no tenemos boca, ni voz. Apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero los sonidos me inundan. 
El sillón forma parte de mi cuerpo, estoy hundido. Sólo me queda el recuerdo de ser yo mismo cuando estaba despierto. 
Veo mis manos, pero no tengo fuerza para moverlas. 
Me pica la cabeza. Es una pesadilla. 
Llega la mujer de blanco con las pastillas. 
Abro la boca y me la tomo.
Y otra vez me hundo en el sillón, me hundo en el sueño.

RECUERDOS IMPLANTADOS


Cuando el implantador de recuerdos fue regulado y puesto al servicio de cualquiera que se lo pusiese permitir, se inició el debate que aún hoy sigue vigente. Esto es, a qué edad se considera que una persona es lo suficientemente madura como para programar los recuerdos de lo que será hasta el momento de su muerte. 
Porque el implante es irreversible. Una vez que se programa y activa, el usuario pasa a vivir su presente como si fuese suyo y no programado por él mismo. Y además, los implantados olvidan que han sido implantados. Tan solo es posible saberlo si, como yo mismo, tienen como amigo al director del proyecto, al hombre más poderoso de la Tierra. Él me permitió poder recordar lo que soy y lo que quise recordar. 
Aunque, como dije, es irreversible. 
Yo siempre quise ser escritor.

EL SEGUNDO MÉTODO

Cuando Alfredo de la Mata salía de su casa para ir al trabajo, fue abordado por un ente. Le pidió amablemente que le siguiera, pero no le hizo caso, por lo que el ente tuvo que usar el segundo método. 
En ese instante se disiparon, apareciendo de súbito en el edificio que el señor Alfredo tenía reservado para alojar la totalidad de las palabras emitidas a lo largo de toda su vida. 
El ente le invitó a abrir la puerta. Como el señor Alfredo se negó, tuvo que usar el segundo método.  
Y así fue que el señor Alfredo se encontró, como en un sueño, enfrente de sus palabras. Las había de toda forma, tamaño, color y textura. Además, se clasificaban automáticamente según el deseo del señor Alfredo: por orden de antigüedad, por orden de intención, por orden de utilidad, por orden de significado, por orden de banalidad..., y así. 
El ente le sugirió un orden nuevo, por su color. 
Algo debió temer el señor Alfredo que se negó, por lo cual, el ente hubo de usar el segundo método. 
Y ahí, el señor Alfredo no tuvo opción. De inmediato, las palabras quedaron clasificadas por su color. Debo decir que no eran de colores netos, sino más bien de infinidad de gradaciones. Pero, vamos, que quedaba bien claro el porqué se formaban los montones. El cuarenta por ciento de sus palabras eran negras (permítanme la simplificación). El veinte por ciento, rojas. El diez por ciento, grises. Otro diez por ciento, grises. El cinco, verdes. Otro cinco, azules. Otro cinco, indefinidos colores pastel. Y el resto, tan sólo el resto, blancas y amarillas. 
Visto el resultado, el ente, visiblemente decepcionado, le contó lo que había que hacer, a lo que el señor Alfredo se negó en redondo, por lo que el ente tuvo que usar el segundo método.

UN LOCO MÁS

Aun no sé cómo ha logrado burlar todos los controles, pero el caso es que está aquí, sentado enfrente de mí, y yo no tengo más remedio que lidiar con un loco más. 
De su boca sale un montón de tonterías pseudocientíficas, relacionadas con alteraciones espacio temporales, con un desorden cuántico y con una nueva teoría que, oh, casualidad, acababa de descubrir él solito. 
Me pregunta si he visto una película, el día de la marmota. No puedo evitar imaginármelo como una marmota. Tenía que tocarme a mí. Y hoy precisamente, cuando estoy de trabajo hasta el cuello. 
También es curioso que, justo hoy mismo, hayamos detectado esa tormenta de rayos gamma, como quien dice, justo ahí al lado, a menos de un año luz de nuestra galaxia. 
Menos mal que llaman a la puerta. Aprovecharé para quitármelo de encima con cualquier excusa. 
Con esa idea me levanto de la silla y abro la puerta. Es un hombre de mediana edad que me dice que tiene que hablar conmigo de forma urgente. Sus ojos miran angustiados. Calma, me digo. Y le invito a sentarse. 
Aún no sé cómo ha logrado burlar todos los controles, pero el caso es que está aquí, sentado enfrente de mí, y yo no tengo más remedio que lidiar con un loco más.

TRANSPARENTES

Anselmo puede con todos, aunque estén ahí, enfrente suyo, pidiendo los desagravios. 
No tiene miedo, nunca lo ha tenido, ni arrepentimiento, no es necesario. 
Yo sé lo que venís buscando, dice, pero de eso no tengo. Si seguís insistiendo también lo haré yo. Cobardes, todos juntos para obligarme. Pero soy muy hombre, y de nada me arrepiento. Soy un hombre entero, de los de antes. 
¿Con quién estás hablando? Pregunta la hermana. Con los de todos los días; es que no se cansan. 
La hermana cree que se le está yendo la cabeza, pero Anselmo sabe bien de quién se trata. 
Los conoce a todos y no les teme aunque vengan así, transparentes.

EL DON

Ángel Prado supo muy pronto que tenía un don. 
Con sólo cinco años se dio cuenta de que podía realizar sus sueños. Bueno, no esos sueños salvajes e irreales que tenemos durmiendo, sino esos otros que se crean en la imaginación, en plena vigilia, sueños posibles. 
Allí, tumbado en la cama, imagina con todo lujo de detalles lo que quiere materializar. 
Cuando son cosas sencillas es fácil. Quiero un abrigo verde, con cremallera y capucha. Y al día siguiente, su madre le trae ese abrigo verde que había imaginado. Quiero un amigo, y al poco aparece.
Pronto se acostumbró. 
Cuánto mejor y con más detalles imagina su sueño, con más precisión se realiza. 
Con veinte años era un experto. El mejor trabajo con el mejor sueldo, los viajes, los objetos. Pero llega un día en que eso no es bastante. Él puede imaginar cualquier cosa. Y ¿por qué no un mundo perfecto? El problema es evidente, imaginar eso es demasiado grande, con demasiados detalles. Imaginar eso es muy complicado, muchos frentes abiertos. Lograr una coherencia global, una evolución que tenga sentido, imaginar lo social, los anhelos colectivos, la felicidad. Ángel Prado tiene una tarea. 
Se echa en la cama y cierra los ojos.

ENCERRADO EN LA ARMADURA

¡No, esto no puede ser real! 
Estoy empapado en sudor, encerrado dentro de esta vieja, pesada y oxidada armadura. 
Mi cabeza... Me asomo por la rejilla que hay frente a mis ojos, y lo que veo me hace enloquecer. Soy uno entre miles de soldados; en cualquier momento me partirán en dos de un hachazo. 
El sonido metálico de las espadas suena a muerte, y a muerte huele también. 
¡Espera! Tengo un recuerdo...yo soy... No debo estar aquí, es un error. 
Uno de ellos viene hacia mí, hace girar una maza de hierro sobre su cabeza y la descarga en la mía. Caigo al suelo. Me he cagado encima. Y me da igual. Voy a morir. 
No muero, tampoco despierto de esta pesadilla, pero siento claramente la sangre brotar de mi cabeza, y una sensación de lejanía. Desde el suelo veo un ejército de muerte y miseria. Yo mismo voy a morir. La sangre... 
Y es entonces cuando oigo la llamada y recuerdo. Y al recordar, entiendo. 
La llamada, una canción de Shakira en mi recién estrenado móvil de novecientos euros.

jueves, 21 de diciembre de 2017

SOR PIRIPI


Ya está otra vez. Es que no para, y da igual las veces que le tienen que llamar la atención. 
Las más de las veces la encuentran contenta no más, pero otras, como hoy mismo, es que no se tiene de pie. 
Las hermanas le llaman, a sus espaldas, Sor Piripi, y la madre superiora la tiene como caso perdido. 
Y el caso es que es muy buena. Más que buena, bonitísima, un angelico del Señor, una verdadera representante del Cielo en la Tierra. 
Hasta que descubrimos su secreto, nos llevó a todas como locas. 
Porque dime tú de donde sacaba el vino, si apenas entraba en el convento, a lo sumo, un litro cada semana. Misterio. 
A instancias de la madre superiora, la fuimos vigilando de forma prudente entre todas. 
Apenas le quedaban unos minutos diarios en los que escapaba a nuestro obsesivo control, pero ahí estaba el quid de la cuestión. Era justo en esos momentos cuando aprovechaba para beber. Pero la pregunta crucial era: ¿De dónde lo sacaba? ¿Quién se lo proporcionaba? ¿Cómo lo escondía? ¿Qué hacía con las botellas vacías? Y la respuesta siempre era la misma: ni idea. 
Yo me propuse desvelar el misterio, así que esperé paciente hasta que un día la encontré con un pedo del veintisiete. Me acerqué y reí con ella mientras disfrutaba como una niña. La rodé entre mis brazos y la conduje a su celda. 
Le pedí, con voz cómplice, que me invitara, cosa que le pareció muy divertida. 
Entonces, con gestos teatrales, cogió un vaso y lo llenó de agua. Puso sus manos encima y rezó una corta plegaria. 
Al cabo de un rato, las dos estábamos en el suelo muertas de risa.

ABRA LA BOCA


-Venga, abra la boca, que ya queda poco. 
-Ya no tengo hambre. 
-Esto se come sin hambre. Tiene que comer, hombre, que se está usté quedando muy flaco. 
-No quiero más. 
-Cuatro cucharadas. 
-Me está entrando angustia. 
-Bueno, esperamos un momento. 
-No, no, que no quiero más. 
-Es que has comido muy poco, y él médico ha dicho que... 
-¡Pues que se lo coma el médico! 
-Mira que eres maleducado, Alfonso. 
-Y más que lo voy a ser si me acercas otra vez la cuchara. 
-Venga, dos más. 
-¡Y una mierda! 
-Pero, Alfonso, qué genio. 
-Ni genio, ni hostias. Que he dicho que ya no quiero más, que... ¡Uaagghh! 
-¡Ay!, Alfonso, mira cómo te has puesto, todo lleno de vómito 
-¡Váyase usté a la mierda! 
-Alfonso, cálmese, ya ve usté a qué nos lleva tanto genio. Estese quieto que le limpie. Muy bien, así. Eso está mejor. Y ahora que ya está limpito, abra la boca, que ya le queda poquito... 

En la residencia, todos los días parecen el mismo.

EL PRIMER SÁBADO DE CADA MES


El primer sábado de cada mes, esa es la frecuencia. 
Inventó una reunión con antiguos compañeros en una casa de campo. 
Inventó que allí no había cobertura. 
Y, aunque era cierto, inventó que se aburría en casa, que necesitaba por lo menos un día al mes. Así forja una nueva rutina, complementaria de la otra, la de su sosa señora. 
Su señora no muestra signo de sospecha, aunque sospecha que le daría igual de saberlo. 
Los años están haciendo su efecto, desgastando lo que queda de afecto; más bien poco. 
Y cada sábado, al volver, se sienta en su sillón, silencioso y ligeramente arrepentido. 
Mira a su señora mientras saborea un güisquito. 
El sábado que viene será distinto. 
Cuando vuelva a casa ese marido, encontrará a su señora sentada en su sillón, saboreando un güisquito; mirándole silenciosa, sí, aunque sin pizca de arrepentimiento.

SIEMPRE CONECTADOS


Una pequeña mutación, dijeron. 
Las consultas médicas aumentaron considerablemente por aquellos días. 
La gente, con mucha razón, andaba medio loca tratando de averiguar si es que estaban muriendo. La ciencia contestó rápido. Demasiado rápido, según algunos antitecnos. 
Aquello, en verdad, no tenía importancia. Tan sólo se trataba de un pigmento que desaparecía de la química de los cuerpos. Pero no había de qué preocuparse. 
La expertos diagnosticaron que en menos de tres años, todos los seres humanos tendrían ese aspecto tan, tan...curioso. A fin de cuentas, aquello no dolía. 
Y aunque parezca mentira, la gente se acostumbró muy pronto. 
Los chavales pensaban que era algo muy cool. Nadie dejó de utilizar el dispositivo quántico por tan poca cosa. Y nadie los dejó de utilizar cuando llegaron los pequeños sarpullidos. Eran realmente pequeñitos. 
Los científicos volvieron a emitir los informes que demostraban, sin lugar a dudas, la inocuidad de aquellos pequeños inconvenientes. Una tontería si lo comparábamos con las ventajas de estar veinticuatro horas al día conectados. ¡Oh! Dios mío, estar conectados. Aquello se estaba convirtiendo en la experiencia que todos estábamos esperando, la prueba de fuego que la tecnología nos había prometido. Todos conectados. 
Ahora dicen que la calidad del semen...dicen que... Pero yo creo que están exagerando. No pasa un día sin que los retrógrados disparen sus sentencias para inyectar el miedo. Son los mismos que no querían nucleares. Si por ellos fuera, aún estaríamos usando aquellos viejos móviles que llevaban pilas. 
Que si nuestra sangre apenas fabrica glóbulos rojos...que si es mejor no conectar a la bebés, que si la gente vive más tiempo sumergido que despierto... No sé porqué les molesta tanto. 
Siempre dentro, siempre conectados, viviendo nuestra nueva realidad, más real que la real, con más definición, nuevos mundos a la carta, proyecciones infinitas con distorsión positiva del tiempo, espacios imaginados, siempre conectados, siempre conectados. 
Y aunque ahora nos cambia el temperamento, no parece que eso cambie las cosas, nadie dará marcha atrás. 
Antes la vida era corta, en blanco y negro. 
Ahora, bendita tecnología, estamos siempre conectados.

SIETE MINUTOS


Siete minutos parecen poca cosa. Lo que tardas en tomarte un café con leche con un cruasán, lo que tardas en olvidar el nombre del amigo del conocido que te acaban de presentar, lo que tarda el señor Matías en hacer el amor con su señora Azucena. 
Pero siete minutos muerto, ¡ay!, amigo, eso es otra cosa. 
Cuando murió, Pedro Peláez tenía noventa y cuatro años, pero aparentaba ciento doce. 
Cuando resucitó, Pedro Peláez parecía tener cincuenta y tres. 
Abrió los ojos y pidió una cervecita muy fría. Y lo dijo así, tal cual: "por favor, una cervecita muy fría". 
Una enfermera que estaba ordenando el cuarto se cayó de culo y se hizo daño en el coxis. Gritó tanto y tan fuerte, que la pequeña habitación se llenó de gente en un plis plas. 
Pero nadie atendía a la del coxis, sino que se quedaban mirando al señor Pedro, que se había levantado de la cama y estaba canturreando algo que parecía como de ópera, aunque podría ser zarzuela. Y también realizaba extraños giros con el cuerpo, mostrando parcialmente su trasero a través de la bata de enfermo mal atada. 
No tardaron en llegar los doctores. Uno de ellos movía sus brazos como aspas de molino, dando una oportunidad de oro al señor Pedro, el resucitado, de asemejarse al D. Quijote que embiste al falso gigante. 
El doctor no daba crédito, sin embargo tampoco salía de su asombro. 
La pequeña habitación siguió llenándose de curiosos atraídos por el creciente barullo. Primero fueron los que visitaban a otros enfermos, pero al poco también llegaron algunos encamados con el ánimo revuelto, los que se podían levantar de la cama. 
Uno de ellos cargaba con ese cacharrito con ruedas que lleva un gotero, y del que sale un tubito largo que entra en la vena del brazo del portador. 
En el momento álgido, cuando ya no cabía imaginar algo más delirante, la situación dio un salto cualitativo. El señor Pedro, el viejo reviejo, muerto y resucitado, y además rejuvenecido, se subió a la cama y se quitó la bata con un gesto decidido y elegante. Todo el mundo quedó mudo e inmóvil, incluso el doctor "molino de viento". 
Fue entonces que, con voz clara y potente, el señor Pedro fue desgranando algunas profecías que le habían sido comunicadas mientras estuvo muerto. 
Antes de cinco mil trescientos años, un tsunami terrible dejará la península ibérica sumergida, pero los cuatro millones doscientas treinta y ocho mil setecientas noventa y dos personas que logran sobrevivir, se irán al Mulhacén y con ellos comenzará una nueva forma de sociedad, basada en la contemplación compulsiva del horizonte. 
Antes de mil treinta y cinco años, algunos osos panda sufrirán una mutación en el ADN, a causa de una terrible eyección solar, que les hará aborrecer el bambú, al tiempo que descubrirán en las pasas de corinto un nuevo y prometedor futuro para su dieta. 
Antes de doscientos y poco de años, morirán todos los géminis con ascendencia tauro. 
Antes de cuarenta y seis años volverán las oscuras golondrinas, pero al día siguiente aparecerán todas colgadas de sus balcones. Se pensará en un suicidio colectivo, mas la cruda realidad será que una horda de hombres mulatos, otrora buena gente, se desquiciarán, y sin atender a razones, se lanzarán a cometer asesinato en dichas aves. 
Antes de dos días, un viejo de noventa y cuatro años, morirá, y estará muerto durante siete minutos, al final de los cuales resucitará, provocando el pasmo entre los presentes, sobre todo en un médico que se encontrará abocado a mover los brazos con grandes aspavientos, dando la sensación de encontrarse representando la famosa escena del Quijote, la de los molinos de viento. 
El viejo resucitado se quedará en pelota picada, y sobre su cama, y con una recién adquirida apariencia de cincuentón, irá desgranando algunas profecías que le habrán sido confiadas durante sus ya famosos siete minutos en su más allá. 
Pasado mañana será viernes. 
Después de esta última predicción, cayó como una piedra al lecho y volvió a morir; no sabemos por cuánto tiempo.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

COLORES

Se tomó su tiempo. 
Mejor así, que para un momento tan importante es mejor dejar las prisas. 
Y ya sentado en su cómodo sillón, fue mirando el catálogo de colores con mucha atención. Descartó casi todas las gradaciones; en ese aspecto lo tenía muy claro, un rojo es un rojo y un negro es un negro. Le gustaban las cosas netas, el chocolate espeso. 
Bueno, empecemos. 
El blanco, descartado. Demasiado claro, no dice nada y se ensucia con sólo mirarlo. Además, la gente se rinde mostrando una bandera blanca. Y la nieve, la nieve blanca, demasiado helada. 
El negro, también, descartado. La noche negra, la boca del lobo, el sucio carbón. 
El rojo. Mira que me tienta, tan vivo y español. El rojo sangre, el rojo sexo. Tampoco, demasiado ajetreo, porque un rato está bien, pero luego... 
Del amarillo y el rosa, mejor no hablamos. Colores de mujeres y afeminados, colores cursis y blandos. No, eso no va conmigo. 
El marrón nunca me ha gustado, siempre me recuerda... Que no, que no me gusta y punto. 
Con el violeta no me identifico. Demasiado exclusivo y raro. 
El azul no es de hombres. Con eso ya está todo dicho. No es de hombres. Azul cielo, cielito lindo... ¡Vamos, hombre! Al azul no lo elijo. 
Bueno, vamos a ir terminando, que quiero dejar esto claro. 
Y ya he decidido. 
Por eliminación y por equidistancia, por afinidad y prudencia, me quedo con el gris.

SANCHO

Sancho baja penosamente de su jumento y corre como loco hacia su adorado compañero, que yace malherido en el suelo. Le coge la cabeza con las manos y saca un pañuelo del bolsillo, con el que le va limpiando la sangre de la frente. 
D. Quijote suelta ruidosos quejidos, no es para menos, mientras el bueno de Sancho le habla con cariñosas rencillas. 
-Pero, mi señor, ya le dije que no eran gigantes sino molinos de viento. 
-Mi buen sancho, le contesta con la voz asustada, ¿es que no tienes ojos en la cara, o es que te los comió un gato? 
Sancho calla, pero se siente triste al ver a su apuesto amo tan perdido en sus desvaríos. 
Lava su cara con delicadeza mientras recuerda el día en que salieron de la aldea, juntos y solitarios. 
A sancho no le importa lo de Dulcinea. Es más, tiene la secreta esperanza de que se le vaya olvidando. 
A Sancho le gusta mucho cabalgar junto a su amo, esas jornadas de doce horas por esos llanos solitarios. Y por la noche, pasar las horas allí, sentados enfrente de la lumbre hablando de cualquier cosa, casi siempre algún delirio, con la pasión desmedida que se gasta D. Quijote. 
Y luego dormir junto a él, tapados con los mismos andrajos, rotos y descosidos. 
Estos momentos son los mejores, cuando él ya se ha dormido, y yo sueño despierto mis locos deseos. ¡Oh!, mi señor, si tan sólo pudiéseis daros cuenta. O si acaso yo tuviese un poco de vuestra valentía... 
Pero ya sé que eso no será posible. Nadie lo entendería, y menos vos. 
Y así seguiremos, mi señor; vos con vuestra locura, y yo...y yo, loco por vos.

HARTITO


Que no doy el perfil, dice la tía. 
No encuentro trabajo ni de barrendero. Pero tengo hambre todos los días, y las facturas siguen llegando cada mes. A ver de qué me valen ahora mis estudios de física. Porque yo donde quiero trabajar es en lo mío, pero...bueno, es lo que hago en mis ratos libres. 
Llevo dos meses con un capricho, un pequeño artefacto que podría ser usado para proporcionar energía casi gratis. Pero nadie me da la oportunidad de demostrarlo. 
Si el gobierno no hubiese retirado las becas, si alguien hubiese estudiado mi proyecto, si las cosas fuesen... Pero estoy cansado. Más que cansado, harto, y ya me da igual ocho que ochenta. Me voy con otro de mis inventos a la azotea. 
Lo voy a sacar de la maleta, le daré al botón y chin pun, a tomar por culo, calavera...un planeta menos. 
A ver si así se enteran.

PONIENDO ORDEN EN EL PLAN


Otra vez aquí, recuperando la memoria. Y cansado, muy cansado. 
Salgo despacio de la cápsula y me encuentro en el lugar esperado, en la época correcta. 
En tan sólo unos minutos vuelvo a poner en orden todo el plan. 
Me quito el traje que llevo, aquí no me hace falta. Conecto la guía mental que de inmediato comienza a explicar el plan, aunque ya lo recuerdo. 
Aún no te lo he dicho, soy inmortal. 
Este es el viaje número doce que emprendo, y se supone que será el último. Si tengo éxito, claro. Lo primero es el refugio, esconder la cápsula y los instrumentos. Luego darles algunas herramientas y después, el fuego y la rueda. 
Pasado un tiempo escogeré a algunos y les enseñaré a hablar. Será, como las otras veces, un proceso largo, de muchos años. Las pinturas, las creencias, la astronomía. 
De vez en cuando descansaré, me mezclaré con ellos, e incluso tendré tiempo de ser feliz, aunque mi hogar esté tan lejos. 
Llegado el momento me iré a vivir entre el Tigris y el Eúfrates, y empezaremos a traer el nuevo tiempo. Esta vez no puedo fallar, necesito que los conocimientos vayan al lugar adecuado. Ellos se vuelven locos cuando descubren las herramientas, y sólo piensan en el control. Y así no hay forma de continuar. 
En Egipto existe un fallo estructural que nos lleva a descarrilar en el siglo veintiuno. He de corregirlo. 
Esta es mi última oportunidad; si algo sale mal, en el futuro no habrá inmortales, no habrá hombres, no habrá nadie. 
Y la Tierra girará, sola, yerma y brutalmente radioactiva.

EL ARTEFACTO

Llegué temprano, apenas hacía media hora que había salido el sol. Aparqué en la entrada de la aldea: no quería llamar demasiado la atención. 
Allí no habría más de cincuenta personas. Un par de viejos y una señora me miraron sin apenas mudar el gesto. Seguro que la mayoría estarían realizando tareas en sus huertas, o cuidando ovejas. Vete a saber. A mí, esa gente me daba igual. Yo quería comprobar si aquella pieza metálica, antigua y extraña, aún seguía ahí, donde Estaban de la Higuera, el experto en antigüedades, lo había emplazado. 
Según Estaban, aquella pieza tenía más de cinco millones de años de antigüedad, y según él, era algo fabricado por la mano del hombre. Como pueden ustedes suponer, yo no le creí. De hecho, no sé muy bien qué estoy haciendo aquí. Quizás se equivocó al analizarla, al hacerle la prueba del carbono, pero algo me empujó hasta aquí, una sensación irracional llegada de ninguna parte. Y estaba dispuesto a derribar su idiota teoría. 
Sería su caída como experto y un empujón para mi pobre carrera. 
Aun no entiendo por qué no pudo llevársela, quizás era demasiado pesada, o sabía que era más falsa que el beso de Judas, pero yo quería verlo con mis propios ojos. 
Me acerqué a uno de los viejos. Sé tratarlos para conseguir lo que quiero. A esta gente de pueblo les gustan los rodeos, hablar del tiempo un rato. 
Con éste viejo no fue el caso. Yo pregunté, hablé de mi abuelo, de lo bien que se vive lejos del mundanal ruido, y él me escuchó sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, sin mover un músculo. Yo me sentí como un idiota. 
Dejé de simular y le pregunté directamente si sabía dónde estaba el artefacto. Sin decir palabra echó a andar, y yo le seguí. Llegamos a una pequeña casa, más que vieja, antigua. Por dentro parecía ridículamente enorme. 
Después de recorrer largos pasillos, llevamos a una habitación apenas iluminada. Allí estaba, sobre la mesa, el artefacto metálico. Alargué el brazo, abrí la palma de la mano y lo toqué. 
Y allí, a mi lado, apareció Esteban que, al igual que yo, no tenía cuerpo.

YA NO QUIERO MÁS VISITAS


Imbécil, eso es lo que eres, un puto idiota. Y me da igual que vengas enchaquetao y que le hables a mi mujer con palabras finas. Muérete ya, cabronazo, y piérdete de mi vista. 
¡Hombre!, ¿tú también? No te esperaba. Desde luego que hay que tener cara, sobre todo sabiendo que yo sé lo que trataste de hacerle a mi señora. Qué hijo de puta. Anda, piérdete. Y pensar que te traté como si fueses de la familia... 
A ver quién viene ahora. 
¡Ay!, hijo mío, eres tú. No sé qué decirte. Nunca lo supe ni lo intenté, y ahora...ya me ves, no es el mejor momento. 
¡Vaya!, Rosa, que bien te has arreglado. Pareces otra, más...más hermosa. Yo, Rosa, yo te quiero. Siempre te he querido, aunque, eso sí, a mi manera. Y lo que te hice, sé que...no te lo merecías, y no estoy orgulloso de aquello, pero no importaba, porque tú eras la única. Lo demás era pasajero. Estás tan guapa..., perdona... 
Y ahora tú. Termina pronto y desaparece. 
Pero qué antiguo eres con esa ridícula sotana... Anda, termina esa puta letanía y cierra ya la tapa.

UN NUEVO IMPULSO

Hoy es el día. Hoy se cumple el plazo. 
La aldea fue quedando sin gente, y desde hace años vivo solo. No me importa. En realidad, yo nunca me he integrado. Y los demás siempre me tuvieron por un tipo raro. 
No les culpo, al contrario, creo que esa distancia ha sido lo mejor para mi tarea. 
Pero ahora me tengo que despedir de todo, de esta vida, de estos campos y, sobre todo, de estos olivos. Hay algo en ellos que conecta con algo mío, no sé explicarlo. 
Y hoy, después de tanto tiempo, he cumplido la tarea, se ha cumplido el plazo. 
A última hora de la tarde me acercaré a la cueva y pondré en marcha el nuevo protocolo. 
El cuarzo gigante que trajimos codificará los impulsos que transformarán la vida del planeta. Sí, es verdad que tengo ganas de volver a casa. 
Y cuando me vaya, tan sólo echaré de menos esos viejos olivos que yo mismo sembré con mis manos.

FÉLIX

Félix iba a la escuela conmigo, años sesenta. 
Tenía dos años menos que yo, y además vivía en otro barrio, por lo que apenas éramos amigos. Pero aquello cambió. Un día no vino a clase. Luego nos enteramos de que estaba ingresado en el hospital de Albacete, y que tenía una cosa mala en la sangre que la convertía en agua poco a poco. Una especie de milagro raro. 
Pasó allí muchísimo tiempo, por lo menos un mes, y un día volvió. 
Por la tarde fui a su casa a verlo. Estaba acostado, y tenía la cara muy gorda y blanca. 
Casi no hablaba, pero me enseñó una caja grande de cartón llena de tebeos. ¡Madre mía!, había más de cien. 
Han pasado cincuenta años, pero me veo allí, sentado en el suelo, devorando dibujos, historias... Ahora me doy cuenta de que las verdaderas historias estaban en nosotros, dentro de nosotros y fuera del papel. 
Una mañana llegó un hombre al colegio, me llamó y me dijo que Félix se había muerto. 
Lo primero que pensé fue que ya no podría ir a su casa para emborracharme con sus tebeos. Por la tarde, en la iglesia, sonaron las campanas, lentas y largas.

MUJER DE LETRAS

Era, sobre todo, una mujer de letras. 
No resultaba difícil averiguarlo, viendo sus pequeñas orejas, eses minúsculas. 
O esas piernas tan eles, tan ellas. 
Dedos de íes, boquita de o menuda. 
Y esos pechos boyantes de B mayúscula. 
De lejos, ese andar desgarbado con su cuerpo de jota. 
O ese alegre fin de semana, haciendo eses de madrugada...
Y ya de noche, su cuerpo cansado durmiendo entre zetas. 
¡Ay! Cómo me gustaba ese cuerpo de vocabulario.

martes, 19 de diciembre de 2017

ANIMAL DE COSTUMBRES

En los últimos cinco años he intentado dejar de fumar, por lo menos, en diez ocasiones. Pero es justo ahora mismo, que voy conduciendo por el extrarradio, que acabo de sentir que ahora, justo ahora, sí es el momento. 
Ha sido como una revelación, un destello de seguridad, un aviso del cielo, una confianza a prueba de bombas que me ha dicho que ahora, justo en este momento, es el momento. 
Algo que no soy yo toma el control, pone el intermitente, se desvía a la derecha, cambia de sentido, se dirige a la rotonda, entra brevemente en la autovía y se desvía hacia el puente. 
Ese algo tan seguro de sí mismo aparca a un lado, en medio del puente, ese puente que a su vez es el perfecto símbolo del puente que interiormente estoy cruzando. 
Bajo del coche, saco el paquete de tabaco, meto dentro el mechero y, sin pensarlo ni un segundo, lo tiro al vacío. 
Algo que no soy yo, muy seguro de sí mismo, entra en el coche como movido por un resorte invisible, da la vuelta, se aleja del puente, entra brevemente en la autovía, se dirige a la rotonda, cambia de sentido, se desvía hacia la izquierda. 
Y sin pensarlo dos veces, frena en seco y da la vuelta, se desvía a la derecha, cambia de sentido, se dirige a la rotonda, entra brevemente en la autovía y se desvía hacia el puente. 
Ese algo tan seguro de sí mismo aparca a un lado, en medio del puente, ese puente que a su vez es el perfecto símbolo del puente que interiormente estoy cruzando. 
Bajo del coche, me deslizo por la pendiente hasta que llego al suelo, debajo del puente. 
Algo que no soy yo coge el paquete de tabaco, saca el mechero y un cigarro,  y lo enciende. 
El humo se esfuma sobre mi cabeza mientras, lentamente, vuelvo a ser yo de nuevo.

EL MITIN

El presidente del gobierno sube al estrado. Su gente, entregada y sumisa, le jalean cada frase, cada puntilla, sobre todo cuando va dirigida a cualquiera de sus adversarios.
Los aplausos brotan como furiosos geiseres mientras las bocas escupen espumarajos. 
La actuación es insuperable, el público, hipnotizado. Aquello es tan perfecto que da asco. 
Una señora de Villamalea, que ha venido adrede en su propio coche, se aparta del grueso de gente y vomita, con ansia, sobre dos niños gemelos, que llevan ramos de flores en las manos. 
Sus padres, visiblemente enfadados, se dividen las tareas; mientras que ella saca decenas de pañuelos perfumados de su bolso y limpia las cabezas de sus hijos, el marido riega a palabrota limpia el rostro demudado de la señora indispuesta. 
Pero según le grita el marido, también se siente asqueado, pasando de los insultos al vómito en un segundo, poniendo perdida a la señora que vomitó sobre sus gemelitos. 
Ajeno, el presidente sigue con su verborrea, pero algunos de los presentes, quizás por el efecto contagio, se suman al vómito de forma espontánea. En menos de cinco minutos, el mitin se ha convertido en una orgía de arcadas y olor a muerto, todo ello acompañado de vómitos por todos lados. 
El presidente calla de pronto, ya todo es demasiado evidente. La mitad de los presentes está vomitando sobre la otra mitad, y ya no quedan pañuelos. 
Las puertas se atascan, la gente corre entre vómitos y espasmos, pisando aquellos inmundos charcos de angustia y asco. 
Los guardaespaldas rodean a un presidente asqueado, pero mientras les da órdenes que no pueden oír, dado el follón que hay montado, es cubierto, de forma involuntaria, eso sí, por la furiosos vómitos de tres de los guardaespaldas. Uno quiere decirle, "lo siento, señor presidente", pero lo único que pasa es que le envía dos litros de vómito a la cabeza. 
La plaza de toros está rebosando. Aquello dura unos quince minutos, a partir de la cuales todo se queda en arcadas constantes. 
Al día siguiente, los periódicos informan de los actos que se están realizando, todos marcados por el mismo signo desquiciado. 
Aquello, en el contexto nacional, marca un antes y un después. 
Poco a poco, las gentes se van alejando de las urnas, desmitificando el voto. Es entonces que surge, de forma espontánea, el movimiento silencioso. 
¡Ah!, y las plazas de toros se convierten en plazas de todos. Amén. 
P. D. Esta historia me la han contado hace poco, y yo la doy por cierta.

DE ABUELAS Y NIETOS

El nieto entra en la habitación, la 423, y mira a su abuela.  
-¡Qué! Le dice mirándola en ráfaga. 
-Pues, aquí estamos, hijo. Le contesta ella. 
-¿Ya te han operao? Y antes de que la abuela diga que sí, el nieto, de unos veintipico, coge asiento y saca el móvil. 
Da gusto verlo manejar los pulgares. La abuela le mira sin expresión. El nieto toma carrerilla, y por la velocidad que lleva supongo que va a ganar. 
A la media hora, la foto es la misma: misma expresión en la cara de la abuela, misma destreza en el envío ininterrumpido de mensajes. 
Ella dice, sin convicción: 
-Aquí tienes agua fresca. 
Pero no la necesita; su carrera no conlleva efectos secundarios, ni suda, ni padece. 
-¿Cómo está tu madre? 
-Bien. 
Silencio otra vez, pulgares desbocados. 
Diez minutos. 
-Baja al bar y tómate un café. 
-Ya, ahora si eso... le sale al nieto de la boca. 
La abuela habla sola, moviendo los labios de forma silenciosa. Sus ojos se pasean por las paredes blancas. 
El nieto va a ganar, seguro que va el primero. Es un maestro de la cosa digital, una fiera irrefrenable. 
La abuela está a milenios luz de comprender la actitud de su prodigioso nieto, aunque al verlo ahí, tan en lo suyo, sospecha que es un genio. 
Entonces ocurre un momento zen, así, de improviso. Sus ojos se encuentran justo en el medio. Y cada uno recibe del otro un impacto de luz desesperada. 
Por desgracia, ninguno de los dos estaba en casa cuando sonó el timbre.

EL HOMBRE DE HIERRO

El mundo está lleno de superhéroes. 
El otro día, sin ir más lejos, me encontré con el fantástico hombre de hierro. 
Le vi en la terracita de un bar, el que está cerca del ayuntamiento, tomándose una caña. 
Bueno, iba por la cuarta, por lo que lo encontré especialmente comunicativo. 
Es un tipo prodigioso, con un poder demoledor y unas convicciones muy profundas y arraigadas. 
Fíjese, que es capaz de terminar con cualquier problema, pequeño, grande o descomunal, con un simple puñetazo encima de la mesa. Es infalible. 
Sus argumentos son concisos, directos, y no dejan lugar a dudas. Ni a dudas ni a nada. 
Pero no sólo es capaz de usar su poder bruto, sino que también usa la palabra. Me cuenta, sonriendo, que muchos problemas los soluciona con palabras. Y las que más poder tienen son, por orden de poderío: "no", "nunca" y "las cosas no son así". También funciona muy bien "eso es lo que tú te crees".  
El hombre de hierro siempre tiene las cosas claras y nunca tiene dudas. 
Allí, sentado a su lado, me sentí seguro. Porque si yo le caigo bien, da igual que tenga razón o no, él siempre me va a defender. 
Cuando se levantó para irse, pensé en cómo debía sentirse, tan cargado de responsabilidad, tan cargado de razón. 
Y es que sólo el irreductible hombre de hierro puede con todo. 
Y lo mejor de todo es su gran corazón que, paradójicamente, lo tiene de piedra.

LOS PUTOS AMOS

Dioses, éramos dioses, los putos amos. 
Con una firma cambiábamos el futuro de las cosas y de la gente. 
El teléfono ardía en nuestras manos y teníamos la sensación de que tanta cocaína jamás afectaría a nuestro hígado. 
Cada seis meses vendía el coche para comprar un nuevo modelo. Y me tenía prohibido acostarme dos veces con la misma mujer. Y del número, ya perdí la cuenta. Cientos, quizás. Siempre arriba, siempre en la cima de un mundo de alpinistas. 
Pero ahora, aquí... Aquí no hay nada que valga la pena, volveré dentro de un rato, a lo mejor entonces, cuando cierre el supermercado… ¡Joder! Estos putos contenedores...cada día los hacen más altos...

LOS ARREGLOS

Desde que cumplió cinco años, Carlos empezó a hacer cosas raras. 
A veces se queda quieto, mirando a un punto en el espacio de enfrente. O dice frases que no tienen sentido. 
Pero, aparte de eso, es un chico maravilloso. Juega con los demás niños, le gustan los perros y los pájaros. 
Hace unos días le vi entrando a su habitación. Le seguí en silencio, y allí, de pie en el centro, comenzó a mover los brazos formando enigmáticas figuras. Sus manos bordaban en el vacío con hilos que sólo él veía. Cuando terminó y salió le pregunté, como sin darle importancia, por su nuevo juego. 
No es un juego, me dijo, es que estoy arreglando algunas cosas. 
-¿Qué cosas? Insisto. 
-Cosas, responde. 
Y sigue a lo suyo. 
Así cada día desde entonces. 
Hoy no me he podido resistir, y he vuelto a indagar. 
-Carlos, ¿qué estás arreglando? 
-De todo un poco. 
-Pues yo no veo nada estropeado. 
-¿No? Pero si tú mismo dices a veces que el mundo está muy mal. 
-Entonces ¿tú estás arreglando el mundo? 
-Yo sólo no, claro, dice sonriendo. 
-Te ayuda alguien. 
-Sí, otros niños. 
Lo hablé con Toñi, mi compañera, pero a ella no le causaba ni curiosidad siquiera. Cosas de niños, dice.
De vez en cuando le pregunto. 
-Carlos, ¿cómo van las cosas? 
-Son tiempos complicados, responde. 
Le doy la razón. Y él sigue con su baile de gestos. 
Un día dejó de hacerlo, así, de un día para otro. Me faltó tiempo para preguntarle de nuevo. 
-Qué, Carlos, ¿ya has terminado los arreglos? 
-¿A ti que te parece? 
-Bueno, respondo, aún veo problemas por todos lados. 
-Sí, responde con la mirada cansada. 
-¿Entonces? 
-Yo he terminado mi trabajo. Ahora llegan los nuevos. 
-¿Los nuevos? 
-Sí, otros niños. Pero ellos están mejor preparados. A casa vendrá uno. 
-Vendrá...de visita, imagino...
Sonríe. 
-No, tonto, un hermanito. 
Abrí desmesuradamente los ojos. Mi compañera no podía tener más hijos. Después de tener a Carlos tuvieron que... 
¡Juanjo! ¡Juanjo! Ven...rápido...no te lo vas a creer, vengo del ginecólogo y...

MATER AMANTÍSIMA

Yo era la más joven de todas y la única que llegó a conocer su más profundo secreto. 
La madre superiora llevaba toda su vida en el convento; era apreciada y querida como una verdadera madre. 
Tenía todas las virtudes y ningún defecto. Ni una sola hermana estuvo enferma sin que ella le visitara, ninguna hermana sufrió sin que ella le consolara. 
Tuvieron que pasar dos meses desde que entré en el convento hasta que me di cuenta de algo bastante curioso; la madre superiora nunca se presentaba en los rezos comunes, y en las oraciones puntuales siempre se la veía quieta y callada. Y cuando pregunté, nadie supo responder. Ellas no cuestionaban nada, y tampoco les importaba. Pero mi cabeza no paraba de dar vueltas. 
La casualidad hizo que me eligiese para cuidarla cuando se puso enferma. Ya tenía muchos años y no podía ni levantarse de la cama. 
Con la cercanía de su muerte y mi cercanía a ella, me volví atrevida. Así que, un día le pregunté. Ella me habló como si contarme sus cosas le hiciese bien, como una confesión. 
Me confesó que era atea. 
Esa noche murió. 
Qué paradoja, mientras sembraba dudas en mi corazón, a ella se le habían despejado.

lunes, 18 de diciembre de 2017

PROCESO DE REPARACIÓN

6.28h 

Me despierto. Siento un terrible dolor en el brazo. Apenas puedo moverlo. Sopeso la idea de levantarme, llamar al hospital central, pero finalmente decido esperar que las cosas no vayan a peor. Me vuelvo a dormir. 

8.46h 

Ahora ya no tengo duda. Seguro que tengo un problema serio, posiblemente sea el corazón. Me levanto de la cama. Ya sé que no llegaré vivo al hospital. Enciendo el ordenador y busco el manual. Caigo al suelo y quedó inconsciente. 

9.18h 

Abro los ojos. Debo hacer un gran esfuerzo por recordar quien soy y lo que me está pasando. Me levanto con mucha dificultad y busco en el manual. Cuando encuentro la clave de mi acceso me acerco al ordenador, abro el programa personal y la introduzco.

9.40h 

Bueno, todo arreglado. Es en situaciones como esta cuando me doy cuenta de cómo hemos avanzado. Hace tan solo unos años yo hubiese muerto. Han bastado dos minutos y una conexión de alta intensidad lumínica para realizar un completo chequeo, detectar los elementos defectuosos y proceder a su reparación. 
Sin querer me surge el recuerdo de cuando aún convivíamos con humanos.

LEGAL

Ya te digo, siempre fui escrupuloso con la legalidad. Ya sabes, cumplir la ley, pagar impuestos, tirar la basura dentro del cubón, respetar los horarios, hacer la declaración de la renta..., todo eso. 
El caso es que acabo de romper la regla. 
En mala hora, vaya... Tenía mucha prisa, y al llegar, el semáforo se acababa de poner en rojo. Ahora recuerdo las miles de veces en toda mi vida que esperé a que los semáforos cambiasen al verde. Miles de veces. Miles. Son las normas y siempre las respeto. 
Pero hoy, hace unas horas, creo, he roto con la convención. 
La gracia del asunto es que no pasaban coches por la avenida a aquellas horas de la noche. Nada, ni dios. Tampoco había gente, estaba solo. 
Una vocecita sonó en mi cabeza que me dijo: venga, no seas tonto, cruza, no viene nadie y nadie te ve. Luego me oí a mí mismo diciéndome: venga, sólo será esta vez, sólo por una vez en tu vida, hoy será la excepción. 
De forma automática me lancé para cruzar, justo a tiempo de ser atropellado por un coche de gama alta. Vaya, pensé, qué forma más tonta he tenido de morir. 
Y luego supe, no sé ni cómo, que para el tipo del coche, también esta era su primera vez.