Un vecino dio la voz de alarma.
Después de hablar con el portero optaron por llamar a la policía.
Sí, señor policía, el hedor es insoportable, sí, del tercero A, sí, siempre hubo un tufillo, pero últimamente ya no hay quien aguante, no, es una persona normal, todos los días va a trabajar con traje, no, nunca, siempre saluda en la escalera, no, ruido no hace apenas, no, no, tampoco, fiestas tampoco, sí, eso es, bien, entonces vendrán a ver, si, bien, hasta luego.
La pareja de policías pidió ir directamente al tercero A.
Llamaron al timbre y una voz dijo ya voy desde dentro.
El mal olor era evidente, penetrante, asqueroso, repugnante. Un señor abrió un poquito la puerta y asomó el morrillo y un ojo. Parecía reacio a la visita, pero los policías también estaban intrigados con los efluvios que emanaban del interior y no le dejaron opción.
Parecía nervioso, pero en realidad estaba aterrado.
Lo que encontraron los policías les dejó espantados. Toda la casa estaba llena de bolsas de basura fuertemente apiladas. Por el pasillo apenas podía pasar una persona, y en algunas habitaciones ya no cabía nada.
El hombre miraba al suelo sin decir palabra. Un policía sacó el móvil y comenzó a dar el parte. El otro se animó a romper una bolsa. No salía de su asombro al comprobar el interior. Tanto es así que se lanzó visiblemente agitado a romper otra, y luego otra, y otra, y otra...
Sí, ahora todo cobraba sentido, esa peste revulsiva, ese putrefacto olor a mierda venía de los miles de billetes de quinientos euros que llenaban cada bolsa.
El hombre, ya descubierto, le dice al policía que usted no sabe quién soy yo.
El policía le contesta: no, pero me lo imagino.










































