Un día, sin previo aviso, comencé a
sentir que me seguían. ¿OÍste tú también pisadas en la noche? Disimulando me
volvía, pero nunca encontré a nadie.
Llegaba
la noche y llegaba la sensación. Detrás de mí, siseos, susurros, mentiras,
pequeños movimientos, sombras espesas, recelos, muchas preguntas.
Y,
finalmente, miedo.
Y
luego, después de tantos días de picor en el cogote, encontré que me había
nacido un ojo.
Ahora podré vigilar toda sospecha.
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