No recuerdo de forma precisa cuando lo sentí, pero a partir de ese día siempre estuvo ahí.
Al principio fue una sensación; luego, algo tangible. Mi marido era otro. Otro diferente al que conocí. Algo en la mirada, en su forma de recibirme al llegar cansada del trabajo.
Se espaciaron los abrazos, los pequeños gestos cotidianos. Se le olvidó mi cumpleaños.
Y me seguía queriendo, no lo dudo, como yo le seguía queriendo.
Pero empecé a sentirlo como si se fuese deslizando por mi piel, como una gota de miel, lentamente, sin sentir, como la manecilla de las horas cuando la miras, imperceptible y sutil, como la luz menguante de los días cuando llega el invierno.
Las manos frías, los pasos lentos, los ojos tristes.
Sin darme cuenta yo también comencé a moverme como un caracol a la búsqueda de calor.
Así hasta que un día...
Al principio fue una sensación; luego, algo tangible. Mi marido era otro. Otro diferente al que conocí. Algo en la mirada, en su forma de recibirme al llegar cansada del trabajo.
Se espaciaron los abrazos, los pequeños gestos cotidianos. Se le olvidó mi cumpleaños.
Y me seguía queriendo, no lo dudo, como yo le seguía queriendo.
Pero empecé a sentirlo como si se fuese deslizando por mi piel, como una gota de miel, lentamente, sin sentir, como la manecilla de las horas cuando la miras, imperceptible y sutil, como la luz menguante de los días cuando llega el invierno.
Las manos frías, los pasos lentos, los ojos tristes.
Sin darme cuenta yo también comencé a moverme como un caracol a la búsqueda de calor.
Así hasta que un día...

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