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miércoles, 12 de abril de 2017

LA BOFETADA

Sí, fue un acto impropio de mí, y creo, honestamente, que nunca lo volveré a hacer. 
Me siento avergonzada y me arrepiento. Pero entonces lo hice. 
Fue en la cola de un supermercado. 
Delante de mí iba una señora con su hijo, ella de unos cuarenta años, con aspecto juvenil, y el niño de unos siete años, con pinta de cabroncete. 
El niño pidió una chuchería y su madre se la compró en un acto reflejo. 
El niño la devoró. El niño pidió un refresco. La madre lo miró un momento y luego se lo compró. 
Y las gominolas, y las cortezas de maíz. Ya no te doy nada más, dijo la madre, pero el niño siguió pidiendo. Menudo cabroncete. 
Cuando por fin se negó, el niño se puso hecho un basilisco, llorando, y se tiró al suelo. Menudo cabroncete.
La madre, en ese punto, puso cara de virgen maría, incapaz de controlar la situación. 
Y ahí entré yo, con la furia incontenida. 
Y sin medir mi acción, me acerqué y le di un sonoro bofetón.                                                      A la madre.

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