El escritor se acercó a la mesa de aquel café, donde se sentaba siempre.
Y
allí parapetado, escudriñaba a las gentes, esperando que alguna escena, alguna
palabra o algún gesto, le sirviera para armar una nueva historia.
Aquel
día fue diferente, pues sintió en la nuca una lógica inversa.
Recorrió
con la mirada el espacio, pero no encontró nada. Se levantó levemente alarmado
buscando el origen de su vaga sensación, pero nada encontró.
Y
esa nada lo inundó de tal manera que, nervioso, se levantó de la silla, pagó y
dejó el local a toda prisa.
Ya
en su casa, a salvo de la incomodidad, supo que alguien, parapetado en la
sombra, estuvo escribiendo su historia.

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