Ya
de pequeño se le daba la caza de todo tipo de bichos, pájaros, lagartos,
salamandras...
Eligió
un destino difícil, un bosque perdido entre montañas de difícil acceso.
El
pueblo más cercano quedaba lejos. A veces se acercaba a llevarle al alcalde
unos conejos, algún ave recién cazada, y así se ganaba sus favores y los de su
hija.
Pero
su obsesión era dar caza al lobo.
No
es que fuese un problema, era que pensaba que el bosque estaba mejor sin su
presencia.
A
veces seguía sus huellas durante días enteros, y cuando creía tenerlo a
tiro..., desaparecía. Alguna vez hasta sintió miedo, cosa que no lo detuvo,
sino que sirvió para dar nuevo brío a su tarea.
Un
día, cuando encontró sus huellas, observó que cojeaba; una de las huellas se
veía desdibujada. Llegó el día, pensó. Y se lanzó tras la pista con evidente
excitación.
¡Vaya!,
se dirigía hacia la casa de la abuela. Estaba herido, no podía cazar y la
abuela ya estaba vieja...
Al
entender la situación echó a correr. No le importaba tanto la abuela como matar
al lobo. Sí, este cazador era más despiadado que el animal que iba a matar.
Cogió
un atajo y se apostó a unos metros delante de la casa de la abuela, detrás de
un árbol.
No
pasó mucho tiempo cuando el lobo llegó renqueando. Se lanzó sobre la vieja
puerta y esta se abrió.
El
cazador se lanzó tras él, traspasó la puerta con el arma preparada para
disparar.
Pero
fue el lobo el que se le abalanzó, y de un bocado certero en el cuello lo dejó
muerto en el suelo.
¡Vamos,
vete! Dijo la abuela saliendo de su habitación. Y llévatelo lejos.
El
lobo sabÍa muchas cosas por viejo. Aprendió a llevarse un cuerpo y borrar el
rastro. Simular una cojera.
Y
agradecer con su amistad a quien lo mereciera.

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