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martes, 11 de abril de 2017

REVOLUCIÓN

Cuando Mari Ángeles entró a trabajar en la residencia de ancianos, el espacio se llenó de alegría. 
Su voz, limpia y ruidosa, volaba desde su boca llena de vida como un manojo de golondrinas.
Los viejos, por primera vez en mucho tiempo, despertaron su risa y la ejercieron, dejando espacio para burlar, siquiera por un ratito, al abrazo cercano de la muerte. 
Ella les daba pellizcos en las mejillas, besos en la coronilla, les rascaba la espalda, les disparaba frases picantes enrojeciéndoles el recuerdo. 
La madre superiora no era tonta, se daba cuenta del bien que ella hacía, aunque tanta revolución… Por eso, cuando la despidió, una parte de sí misma quedó a la deriva.

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