Tuve mucha suerte al conocerla. Su voz era suave viento, sus ojos acariciaban lo mirado, su rostro lento y reposado. Sus manos en mi piel eran beso en movimiento. Ella era seda, caricia y miel. Ella era cielo, pájaro en vuelo. Y, sobre todo, era paz. Pero el día que me abrió su corazón encontré una amorosa tempestad.

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