Te quiero, dije sin mucha convicción.
Carraspeé, dudé, bajé los ojos al suelo y los cerré sabiendo que el tono no era el correcto. Nadie en su sano juicio daría crédito a este ridículo intento. Porque, digámoslo ya, esta era la primera vez en mi vida que lo decía en voz alta.
Desafiando a la lógica más elemental, volví a abrirlos, tomé impulso anímico y... ¡zas!, volví a decirlo: te quiero.
Ahora sí, ahora descubrí un no sé qué parecido a la verdad.
En ese momento decidí que ya estaba preparado para pasar del espejo y decírselo a ella.

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