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viernes, 14 de abril de 2017

TARANTINO TENDRÍA QUE ESPERAR

Vi la larga cola del cine según llegaba y entendí que Tarantino tendría que esperar.
Empezaba a llover y me refugié en el museo de pintura. Nunca había entrado.
Me tomé una caña en la cafetería. La lluvia arreció. En mi mano apareció un folleto como por ensalmo. En él se anunciaba una exposición y, aunque no me gusta el arte abstracto, entré.
Decidido, no me gusta el arte abstracto.
Me paré delante de un cuadro para intentar, siquiera por una vez, entender por qué alguien se atrevía a plasmar semejante lio de manchas sin sentido. Y así, de pronto, algo me hizo clic.
Fue entonces que sentí.
Sentí las líneas conectando con líneas mías, líneas internas, líneas alineadas por colores, texturas, densidades.
No sé cómo, pero uno de esos hilos me llevó hasta el sentimiento de la persona que lo pintó.
Y yo mismo ya no era yo sino otro distinto, profundo y extraño al mismo tiempo.
Allí mismo, el tiempo me agarró dejándome en el limbo. Cerré los ojos y pude ver mejor, mejor lo de dentro, aquello que nunca hubiese creído que existiera. Aquello que no tiene forma definida.
Otra vez el tiempo no existió. Yo estaba dentro. Y luego dentro. Y luego dentro hasta encontrarme, encontrarme perdido, hasta que... Un empleado me tocó en el hombro.
Abrí los ojos y me fui a casa.
Tarantino tendría que esperar.

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