Sakura recibió, por su quince cumpleaños, el ansiado regalo que pidió a sus padres. Era lo último, lo más cool, con el que se aseguraba, por unos días, la envidia de todas sus amistades. Era caro, muy caro. Pero sus padres no le podían negar nada. Si lo hacían, ella intentaría un suicidio, como la otra vez. A media mañana llegó el paquete. Dentro del cartón había una lata grande, como de conserva. La abrió con cuidado y extrajo a la personita. Quedó admirada con su perfección. Era como una persona, de carne, con su particular expresión, pero de veinte centímetros de altura. No hablaba, claro, pero se movería después de poner en práctica las instrucciones.
La tecnología biológica estaba dando sus frutos a raíz de los descubrimientos de finales de 2077.
Sakura lo observó e interactuó con él durante un buen rato, aunque su disfrute tenía más que ver con la idea de ver las caras de sus amigos cuando lo vieran al día siguiente.
Pero en un descuido lo pisó, quedando el hombrecito hecho un charco de líquido y materia aplastada.
Se volvió loca, cogió un cuchillo y se cortó la mano, ciega y rabiosa.
Antes de morir desangrada, durante unos instantes, supo por vez primera lo que era sentirse un ser humano.
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