Entré despacio para no molestar. Me gustaba mirarlos sin que se dieran cuenta de mi presencia.
Todos esos niños podrían ser míos.
De los seis, tres dormían. De los tres que dormían, uno estaba con la boca abierta.
La chica de blanco entró para cambiar el pañal de los que se habían hecho caca.
Uno de ellos parloteaba y casi no se le entendía. Otro lloraba. Otro tosía. Otro miraba a su alrededor, tranquilo, como esperando.
Y yo estaba allí, disfrutando mi visita, aprendiendo la dura lección que me ofrecían esos seis bebés de ochenta años.
De los seis, tres dormían. De los tres que dormían, uno estaba con la boca abierta.
La chica de blanco entró para cambiar el pañal de los que se habían hecho caca.
Uno de ellos parloteaba y casi no se le entendía. Otro lloraba. Otro tosía. Otro miraba a su alrededor, tranquilo, como esperando.
Y yo estaba allí, disfrutando mi visita, aprendiendo la dura lección que me ofrecían esos seis bebés de ochenta años.

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