Ya era sábado.
Colocó las flores sobre la mesa. Quedaban muy bien al lado del sushi.
Los cubiertos, los platos, las servilletas. La botella de vino, las copas.
Menos cinco, ya casi era la hora.
Hizo sonar una música serena, trajo dos velas y las colocó bien dispuestas sobre la mesa, una a cada lado del ramo.
Ya estará al caer.
Fue al baño, orinó y se lavó las manos. Se arregló la camisa delante del espejo.
A y cinco se sentó, golpeando con los nudillos sobre la mesa.
Los minutos que pasaron hasta las nueve y media los sintió como siente el tiempo la piedra.
Se levantó como se levanta un viejo, acercándose a la ventana.
Miró como mira un viejo su vida vana.
Y con esa actitud recogió la mesa. Guardó la botella de vino vacía, retiró las flores secas, el sushi duro.
Frío como la calle se fue a su cuarto y se dejó caer sobre la cama, tan apagado como las apagadas velas.
Mientras el sueño llegaba, ensayó su boca una pequeña sonrisa, pensando que, quizás, ella viniera el próximo sábado.
Los cubiertos, los platos, las servilletas. La botella de vino, las copas.
Menos cinco, ya casi era la hora.
Hizo sonar una música serena, trajo dos velas y las colocó bien dispuestas sobre la mesa, una a cada lado del ramo.
Ya estará al caer.
Fue al baño, orinó y se lavó las manos. Se arregló la camisa delante del espejo.
A y cinco se sentó, golpeando con los nudillos sobre la mesa.
Los minutos que pasaron hasta las nueve y media los sintió como siente el tiempo la piedra.
Se levantó como se levanta un viejo, acercándose a la ventana.
Miró como mira un viejo su vida vana.
Y con esa actitud recogió la mesa. Guardó la botella de vino vacía, retiró las flores secas, el sushi duro.
Frío como la calle se fue a su cuarto y se dejó caer sobre la cama, tan apagado como las apagadas velas.
Mientras el sueño llegaba, ensayó su boca una pequeña sonrisa, pensando que, quizás, ella viniera el próximo sábado.

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