Recuerdo cuando entró en el bar y en nuestras vidas por primera vez.
Lo tenía todo. Todo lo que un chaval de veinte años puede buscar en una chica. Era guapa, moderna, inteligente y lista. No tenía mal cuerpo. Y a todos nos trataba con alegría.
Yo no tenía éxito entre las tías, pero, vista la marcha como iba, sabía que tarde o temprano me llegaría el turno.
Ella era equitativa, después de uno iba otro, y raramente repetía. Ese era el juego.
Difícil no caer en su encantadora red. Sus besos eran de antología, eso me decían los amiguetes. Aquella noche me escogió. Bebimos, hablamos hasta por los codos, y sí, sus besos...
Me llevó a su casa, no recuerdo cómo, y nos dimos un atracón de algo que se parecía más a follar que a hacer el amor.
Desperté cansado. Ella salió de la cama sin decir nada.
No la reconocía. Su cara no era la suya, se la llevó el maquillaje. Los pechos se le caían, y la barriga, sin faja, buscaba el suelo.
Por un instante creí seguir durmiendo. Por un instante nuestros ojos se encontraron. Por un instante.
Y en ese segundo congelado ella me habló, sin decir nada, de su elección, de ser la chica perfecta, deseada y admirada, a costa de la ilusión de ser lo que no era. Y no creía en el amor. Y yo le hablé, en ese mismo segundo, de mi corazón, que no entendía eso de huir de la luz del día, de buscar en tanta gente una luz que nunca se encendía.
Le pedí que se quedara, pero se marchó.
Me pidió que la olvidara, pero recordé.
Lo tenía todo. Todo lo que un chaval de veinte años puede buscar en una chica. Era guapa, moderna, inteligente y lista. No tenía mal cuerpo. Y a todos nos trataba con alegría.
Yo no tenía éxito entre las tías, pero, vista la marcha como iba, sabía que tarde o temprano me llegaría el turno.
Ella era equitativa, después de uno iba otro, y raramente repetía. Ese era el juego.
Difícil no caer en su encantadora red. Sus besos eran de antología, eso me decían los amiguetes. Aquella noche me escogió. Bebimos, hablamos hasta por los codos, y sí, sus besos...
Me llevó a su casa, no recuerdo cómo, y nos dimos un atracón de algo que se parecía más a follar que a hacer el amor.
Desperté cansado. Ella salió de la cama sin decir nada.
No la reconocía. Su cara no era la suya, se la llevó el maquillaje. Los pechos se le caían, y la barriga, sin faja, buscaba el suelo.
Por un instante creí seguir durmiendo. Por un instante nuestros ojos se encontraron. Por un instante.
Y en ese segundo congelado ella me habló, sin decir nada, de su elección, de ser la chica perfecta, deseada y admirada, a costa de la ilusión de ser lo que no era. Y no creía en el amor. Y yo le hablé, en ese mismo segundo, de mi corazón, que no entendía eso de huir de la luz del día, de buscar en tanta gente una luz que nunca se encendía.
Le pedí que se quedara, pero se marchó.
Me pidió que la olvidara, pero recordé.

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