Caperucita,
recién cumplidos los diecisiete, lucía realmente hermosa. Ya no era aquella
niña del cuento, tan inocente, tan flor silvestre.
Hacía
mucho tiempo que no volvía al bosque, desde que su abuela....
Ahora,
el corazón le latía con fuerza. Sabía que se encontraría otra vez con el lobo y
eso le provocó una suave excitación.
Allí
estaba, asando un conejo despellejado sobre una lumbre. Caminó despacio, con
extrema precaución hasta colocarse justo a su espalda. Antes de que le tapase
los ojos, el lobo ya la había olido.
Se dio la vuelta y, al verla, rio con
la misma energía y franqueza que ella recordaba.
Se
les iluminó la cara y se sentaron el uno junto al otro.
Hablaron
largo y tendido de muchas cosas: del olor que emana del bosque en esta
estación, de las bandadas de pájaros, del paso del tiempo, de la promesa...
La
promesa que se hicieron.
Sus
ojos se encontraron, encendidos y risueños, enamorados.
Luego
se abrazaron como se abraza la leña al fuego.
Después
de un rato, ella volvió de ese cielo, se quitó su caperuza muy lento, sus
zapatos, su falda roja.
El
lobo la miraba incrédulo. Quiso detenerla. "la promesa", dijo,
"aún falta un año".
Pero
Caperuza no hizo caso, y ya desnuda, hizo el amor con su Lobo, el lobo de su
corazón.
Se
vistió, y antes de irse le contó. Que todo se mueve en el mundo, en la
naturaleza. Se mueven los pájaros, se mueve el viento, se mueve el corazón de
los amantes. Y también se mueven las promesas.
Así
pasaron el resto de la tarde. Luego ella se levantó.
"Adiós,
mi lobo, adiós". "Y recuerda la promesa."
"No
se me olvida."
"Hasta
el año que viene".
"Aquí
estaré, Caperucita".
Oh!
ResponderEliminarMe encanta
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