El
cazador hacía su ruta diaria de forma ordenada, observando cada rincón e
intentando descubrir indicios de que algo estaba fuera de lugar.
Buscaba
y examinaba huellas, oía atentamente los sonidos del bosque, de sus habitantes.
Especialmente prestaba atención a todo lo que le pudiese poner en la pista del
lobo. Su batalla personal era matarlo.
Ese
lobo encarnaba el Mal, y él mismo era el brazo que dios había enviado para
hacerlo desaparecer.
Conocía
a los otros cazadores, a los leñadores y, en general a toda persona que tuviera algún interés en
andar por los infinitos vericuetos del bosque.
Al
poco tiempo de llegar al bosque fue a visitarla.
-Buenos días, abuela.
-Buenos días. Dígame qué se le
ofrece.
-Soy el nuevo guardés. ¿Todo bien
por aquí?
-Oh, sí. Todo esto es muy tranquilo.
-Pues me han dicho que hay un lobo
que ronda por aquí cerca.
-¿Un lobo, dice? Yo nunca lo he
visto.
-Bueno, pues no se fíe, abuela, que
los lobos mejor muertos. Tenga cuidado,
y si lo ve, avise, que yo daré cuenta de él.
-Así lo haré. Adiós.
-Hasta luego.
-El bosque contiene en su interior
muchos misterios.
Lobos
con corazón noble.
Cazadores
de corazón sangriento.

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