A diez metros del coche desbloqueó el cierre con el mando.
Encendió el motor, conectó el mapa electrónico e inició su trayecto.
Avanzó con seguridad por el complejo entramado de calles, rotondas, vías, autovías, autopistas y carreteras.
Torció a izquierda y derecha, frenó y aceleró conforme a las robóticas indicaciones.
Realizó cada maniobra con obediencia ciega, siguiendo las instrucciones que emanaba del moderno software, con esa voz femenina tan desagradable.
Así que, cuando se dio cuenta de que iba directo hacia un muro de dura piedra, lejos de frenar, aceleró.
El coche quedó hecho un acordeón, y él mismo quedó modélicamente
muerto, mientras la señorita de voz desagradable insistía: siga recto, siga
recto.
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