coronel encargado de esos temas. Cuando llegó al despacho y oyó el pedido, el viejo coronel se negó. El presidente, aún con la borrachera de la elección presente, se enfureció, gritó, ordenó, blasfemó. Y sólo así, el viejo coronel bajó los ojos al suelo, apretó los dientes y le dijo "a sus órdenes, señor presidente, pero recuerde que luego tendrá que olvidar".
Juntos llegan hasta las secretas dependencias. El viejo coronel ordena, y las puertas se abren. Aquí es, señor presidente. Disculpe que yo no entre. El presidente entra. Al momento sale. Su cara ya no es la suya, y nunca la volverá a ser.
El viejo coronel le recuerda que ahora debe olvidar.
Aunque los dos saben, más allá de cualquier duda, que eso no será posible.

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