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martes, 27 de febrero de 2018

EQUILIBRIO


Hubo un tiempo en que todos entendían que había que mantener el equilibrio. Eso no era discutible. Un sueño, una realidad. Una nube, una piedra. Un impuesto, una alegría. Un puñetazo, una caricia. Pero llegó el gran cambio, con aquellos hombres anclados que permitieron, con sus nuevas leyes, el declive de un número importante de soñadores. Así fue como los tecnócratas tomaron el control y cambiaron la realidad. Y ahí las cosas se pusieron duras. Si bien los tecnócratas vivieron algún tiempo enredados entre máquinas perfectas, pronto sintieron el peso de la concreción en sus espaldas. Algunos enfermaron, otros murieron. Y los soñadores, pocos y arrinconados, apenas podían sostener una tenue ilusión, harto insuficiente cuando lo que se necesitaba era una visión pura, hija del vapor.
Y sí, las gentes tenían barcos, pero no destino; el naufragio era el único camino.
Dicen que fue cosa de suerte que naciera un niño, hijo de dos soñadores, que en su primera semana de vida puso las fuerzas, de nuevo, en su justo equilibrio.
Tuvo que pasar mucho, mucho tiempo para que se rompiera de nuevo, cuando un soñador se quedó dormido...

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