Cuando entra Graciela por esa puerta con cortinilla de plástico, Anselmo entra en trance.
Ella no mira a nadie, los conoce a todos.
El camarero cojo le sirve, sin mediar palabra, el cafelito y la copa de anís.
Anselmo, tieso como un garrote, no deja de mirarla, mientras ella no deja de mirar la mesa.
Anselmo sabe que un día vendrá a pedirle lo que tanto desea. Ella lo hará, qué duda cabe, si no hoy, será mañana.
Anselmo lleva hora y cuarto con un quinto. Eso sí que es arte.
Graciela no tiene prisa.
El camarero cojo tendrá un ataque al corazón y el bar se cerrará.
Se acabarán las esperas y las esperanzas imposibles.
Las partidas de brisca flotarán etéreas de por vida.
Y nadie encontrará recambio a su enrarecido ecosistema.

No hay comentarios:
Publicar un comentario