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domingo, 18 de febrero de 2018

ESTAMPA EN EL BAR


Anselmo Estévez hace bailar el palillo de dientes entre sus labios con un peculiar baile de San Vito. Se apoya sobre la negra barra del bar de la esquina con cuerpo de marqués, mientras hace un barrido de ojos, fotografiando los gestos variopintos de los jugadores de cartas.
Cuando entra Graciela por esa puerta con cortinilla de plástico, Anselmo entra en trance.
Ella no mira a nadie, los conoce a todos.
El camarero cojo le sirve, sin mediar palabra, el cafelito y la copa de anís.
Anselmo, tieso como un garrote, no deja de mirarla, mientras ella no deja de mirar la mesa.
Anselmo sabe que un día vendrá a pedirle lo que tanto desea. Ella lo hará, qué duda cabe, si no hoy, será mañana.
Anselmo lleva hora y cuarto con un quinto. Eso sí que es arte.
Graciela no tiene prisa.
El camarero cojo tendrá un ataque al corazón y el bar se cerrará.
Se acabarán las esperas y las esperanzas imposibles.
Las partidas de brisca flotarán etéreas de por vida.
Y nadie encontrará recambio a su enrarecido ecosistema.

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