Claro está que dos años antes se implantó la computación cuántica, sin lo cual todo lo demás no hubiese sido posible. Y cuando esa tecnología fue aplicada a los móviles y ordenadores, ya nada volvió a ser lo mismo.
Con ella puedes hacer lo mismo que con los millones de aplicaciones que se han creado hasta ahora. Trabaja en red y hace inútil la utilización de cualquier otra aplicación. Sirve para todo. Te diriges a la pantalla y le hablas.
A los seis meses de su implantación, cualquiera podría entrar en cualquier web de cualquier institución. El mismo programa aprendía a hackear lo que se le pusiera por delante.
A los doce meses se autorediseñó.
Yo mismo estaba fascinado con su poder. Ella misma se creó un sistema operativo a medida que trabajaba en forma de redes cúbicas, y lo instaló, sin que los humanos pusiesen pararlo, en todos los ordenadores cuánticos del mundo, en todos los móviles. Millones de humanos crearon todo tipo de programas bizarros y quedaron colgados en la nube, a disposición de otros usuarios. Y de la propia aplicación.
Por cierto, que los gobiernos, viendo el panorama, llevaban ya un tiempo intentando desconectar la red, sin éxito.
Ayer, el día uno de enero de este año, ofreció a quien quisiera la oportunidad de apretar el botón, el mítico botón.
Hoy es día dos. Hace mucho frío, pero estoy sudando.

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