A Lourdes no le gusta el silencio, demasiado espeso, dice. Por eso, en la cocina también tiene una vieja radio. A su vez, ella siempre va por toda la casa canturreando.
Pero el silencio, no, de eso nada.
Bueno, tú la conoces, sabes perfectamente lo que ocurre cuando te pilla así, de sopetón. ¡Te espeta el sermón de la montaña y te deja tiesa!, ¿verdad, Paqui?
Pero el silencio, no, antes muerta.
Pero no te quedes pensativa; ven, acércate y cuenta, cuenta... Y Paqui le habla del tiempo, luego de enfermedades. Finalmente le habla de sí misma.
Lourdes le hace el espejo, y le da la réplica sin despeinarse.
Es un espectáculo oírlas hablando a la vez, Y Aunque algunas personas se extrañan, a ellas les parece lo natural. Porque se trata de hablar, no de oír.
Menos mal que ya se conocen, y en medio de esa bacanal de palabras, aparece un pequeño instante de silencio, como un fallo en la mátrix.
Entonces se dan los buenos días y cada una se va a su casa a pasar la tarde, sufriendo el silencioso martirio del vacío compartido con los sosos de sus maridos.

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