A un niño de cuatro años ya no le puedes ocultar nada. Y él llevaba ya un tiempo mirándose en el espejo lo que podía ver de su espalda.
Es un chico precioso, con la boca llena de preguntas, y con ojos que ya disparan al centro de mi corazón.
Hoy, mientras miraba por la ventana las bandadas de pájaros de tierra, me preguntó.
-Madre-, me dice con esa voz de querubín, -¿cómo fue que perdimos las alas?-
Yo le abracé con amor de madre, mientras acariciaba las dos viejas heridas de su espalda.

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