Sus días están perfectamente estructurados y cronometrados. Cada día es un calco del anterior.
Su vida discurre con plácida desidia.
A las ocho, despertador. A y cuarto entra al cuarto de baño. A y media desayuna. Luego mesa camilla con la radio puesta. A ver, hoy no da con la emisora. Maneja el dial con profesionalidad, recorriendo el imaginario camino adelante y atrás. Pero hoy no encuentra su emisora. ¡Qué contrariedad! Mientras vuelve a intentarlo, esta vez más despacio, sus ojos siguen la flechita del dial. Debe estar por aquí, entre el noventa y el cien. Pero no aparece la emisora. Lo que sí suena es el ruido incesante y machacón de las interferencias. Y eso le está poniendo de los nervios. Estaba aquí, piensa. Estaba aquí, dice ya poniendo las palabras en la boca. ¡Aquí!, ¡aquí!, grita. Vaya, está sola en la casa, como siempre, pero hasta hoy nunca le había dado un grito a su pequeño transistor a pilas. Enfadada por haberse enfadado, coge el aparato y lo estampa sobre el cristal de la mesa camilla. Casi se lo carga. Se sorprende de sí misma. La radio sube groseramente el volumen y el malvado ruido de fondo se le mete en la cabeza. Mari Luz se enfada. Coge otra vez el aparato y se abalanza sobre el dial, y al tiempo que lo manipula con desorden, le grita con una violencia que no reconoce como suya. ¡Suena, hijaputa! Le dice. Y la hijaputa no suena. No lo que ella espera, esas palabras portadoras de paz que suenan desde "radio esperanza" todos los días. Bueno, todos menos hoy.
Entonces la vista se le empieza a nublar, echa un poquito de espuma por la boca y lanza con toda su fuerza, que no es mucha pero tampoco poca, el transistor al suelo y lo destroza.
Su amiga Rosa ha venido a hacerle su visita mensual, y como no ha abierto la puerta, ha llamado al vecino, que tampoco sabe nada. Han avisado a un joven que vive en el piso de arriba y lo han convencido para que abra la puerta por la fuerza.
Mariluz está sentada en su sillón, tapada con las sallas de la mesa camilla, y tiene un amasijo metálico con cables agarrado a su mano derecha, y ésta, adosado a su oreja.
Y la mirada perdida, y el gesto contrariado.
Si la miras de refilón parece que está viva.

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