- Pero entra, no te quedes ahí.-
Lo coge del brazo y lo arrastra a la mesa camilla.
-Ven, siéntase aquí, y cuéntame cómo te va, que hace un siglo que no te veo -
- pero, abuela, si vengo cada semana -
El nieto le cuenta algunas ficciones divertidas, una novia imaginaria, un trabajo que no existe.
La abuela, siguiendo el ritual, se levanta al cabo de un rato para hacerle una merienda. Momento que él aprovecha, como siempre, para pensar en este momento semanal que, día a día, cobra más sentido. Sí, porque ella, después de tanto tiempo, ya no se siente sola, mientras que él mismo ya se está acostumbrando a su alegría, a la tierna mirada de sus ojos cuando le oye hablar.
Y cada vez importa menos que ese joven no sea su nieto, que cobre un sueldo por venir cada viernes a pasar el rato con esa adorable señora que, de a poco, está perdiendo el sentido de la realidad.

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